Con la perspectiva que da el paso de un par de otoños, me atrevo a decir que el nuevo Superman (James Gunn, 2025) es el primer héroe de la metamodernidad, ese estadio moral y cultural en ciernes que surgió hace unos años, según lo veo, del puro agotamiento de los afanes descreídos e irónicos de la posmodernidad.
En efecto, pareciera que en la línea de Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker (cuyas «Notes on Metamodernism», de 2010, pusieron nombre a la cosa) y del improbable filósofo Hanzi Freinacht, documentales como los de Sergei Loznitsa o artefactos literarios como los de W. G. Sebald ya suponían exponentes de una manera de ser y de contar que reclamaba la importancia de la historia, la verdad, la emoción, la inocencia o la sensibilidad.
El estreno en salas de Eddington (Ari Aster, 2025) y Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, 2025), con sus inercias satíricas e irónicas, tan propias de la posmodernidad terminal, también me ha hecho pensar que este año bien podría pasar por aquel en que se balancearon con mayor claridad dos tendencias antagónicas. De un lado, el reflejo de la fuerza neorreaccionaria y el aceleracionismo de derechas; de otro, el metamodernismo, o mejor dicho, las primeras apariciones de modelos de metamodernidad moral (aquí entre la sociología dramática de Norbert Elias o Erving Goffman y la ética de la virtud).
Por empezar con esto último, la zona más atractiva de El futuro de la teoría. Un manifiesto metamodernista (Mutatis Mutandis, 2024, trad. de Matheus Calderón Torres; original Metamodernism: The Future of Theory, University of Chicago Press, 2021), del joven Jason Ānanda Josephson Storm, apuntaba muy bien al agotamiento del quehacer negativo y disolvente de la posmodernidad. Frente a esta, y contra la aburridísima y poco transferible hiperespecialización fragmentadora, Storm proponía un nuevo compromiso con la verdad y con ciertos valores ligados a la solidaridad, un saber humilde y emancipador que no renuncia a lo real aunque se sepa falible.
Y de eso iba, precisamente, el regreso del héroe a un mundo sin héroes, ese Superman que aterrizó hace unos meses en un planeta donde los mitos y el pastiche se consumen con la misma velocidad con que desaparece de la televisión la guerra de Sudán.
Su regreso fue, a mi parecer, una declaración estética y filosófica, en clave, por cierto, de lo que el gran crítico de la nostalgia Grafton Tanner llama «porsiemprismo», y una piedra del proyecto constructivo metamoderno en el plano ficcional.
El nuevo Superman se sitúa en el corazón del neorromanticismo y en la órbita de la nueva sinceridad (en los términos de David Foster Wallace), pero además asume la moral del recuerdo y de la escucha, en la estela de Walter Benjamin. Frente al cinismo posmoderno, en algunas escenas clave (más allá de su sensibilidad hacia el inmigrante), este sencillo héroe metamoderno, y por tanto posirónico, confiesa abiertamente su necesidad de creer en la verdad y en la justicia, sin más.
Si propongo al nuevo Superman como primer héroe de la metamodernidad es también porque su figura voladora, caprichosa en el clásico de Richard Donner (y que tanto me desagradó en Singular por la banalidad de su bien), se recorta ahora con precisión, y con pesimismo, frente al nuevo poder del mal.
Los villanos del reboot de James Gunn, inspirados en presidentes delirantes y en megamillonarios de Silicon Valley con alma de gurú cripto, parecen invencibles porque quizás ya lo son. Frente al relativismo y sus patologías a la hora de juzgar, Clark Kent defiende la verdad como correspondencia, la verdad de los enunciados que describen el mundo tal cual es. En ese planeta cínico que ha perdido la fe en la bondad, Superman tiene, por decirlo con el crítico literario marxista británico Terry Eagleton (Esperanza sin optimismo), una esperanza sin optimismo, pero esperanza al fin y al cabo, la de que vale la pena luchar.
Su obstinación y su manera de encajar golpes tienen algo de moral ilustrada. Mientras el transhumanismo aceleracionista de Alien: Earth dibuja la superación de los límites humanos mediante la tecnología, Superman reivindica el límite como condición kantiana de la moral. No utiliza a los otros como medios, y el flujo que otros aspiran a dominar él solo quiere detenerlo lo suficiente como para invitarnos a reflexionar.
Los malvados megamillonarios y su uso de la IA, empeñados en reproducir infiernos como los de las cárceles secretas de Siria o Tel Aviv, resultan invencibles (el héroe y su perro no tienen tanto poder en comparación) precisamente porque hace tiempo que se ha diluido la noción de responsabilidad. Transmutado el deber en indiferencia, el anacrónico compromiso de Superman se sostiene en una suerte de resistencia consciente de la sociedad democrática y deliberativa, en la línea de la última obra de Jürgen Habermas, que entiende las regresiones históricas como un episodio dentro de la propia progresividad.
Reemplazada la razón por la eficiencia, los poderosos villanos parecen ser el producto lógico de un aceleracionismo (con algunos ecos de la zona más ambigua del Manifiesto por una política aceleracionista, de 2013, de Alex Williams y Nick Srnicek) que ha convertido el mundo en una empresa. Ese es también el escenario de la serie cuya primera temporada acaba de concluir y sobre la que me gustaría decir algo más.
Liberadas las fuerzas productivas, en la fantástica serie de Noah Hawley Alien: Earth, con dos emocionantes homenajes al clásico de Ridley Scott, la democracia ha cedido su espacio a las grandes compañías (ya lo anticipaba la matraca de TikTok sobre el buen presidente que sería un Juan Roig). El xenomorfo aterriza, como némesis ontológica de Superman, en un mundo de corporaciones donde ya no hay parlamentos ni división de poderes, y mandan CEOs eternos o con alma de Peter Pan, para quienes el beneficio económico es sinónimo de estabilidad de la voluntad porque ya nadie sueña con la libertad como lo hace el capital.
Entre el kryptoniano que encaja golpes para que el mundo se detenga a pensar y la criatura que solo sabe reproducirse al servicio de quien la patenta, la pantalla nos ha dejado un dilema que ya no pertenece solo a la ficción.
