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miércoles, 11 de febrero de 2026

Ópera en el Tribunal: Scalia/Ginsburg y el raro don de la amistad


Scalia/Ginsburg es una ópera cómica de 2015 —revisada en 2017— compuesta y escrita por Derrick Wang, y gira en torno a una relación tan pública como privada: la de los jueces del Tribunal Supremo de Estados Unidos Antonin Scalia y Ruth Bader Ginsburg. A Ginsburg le pareció «un sueño hecho realidad». La obra no tardó en circular con la soltura de aquello que toca una fibra: se emitió a escala nacional por radio en Estados Unidos, se representó dentro y fuera del país y llegó incluso a escenarios vinculados a Carnegie Hall.

Lo que la ópera pone en juego no es solo un duelo de caracteres, sino una coreografía de contrastes. Scalia aparece con su temperamento ruidoso, expansivo, casi teatral; Ginsburg, en cambio, se presenta con una sobriedad que no es timidez, sino precisión. El libreto hace oscilar la balanza entre sus desacuerdos a la luz del día —esas discrepancias que se leen en votos particulares, titulares y controversias— y la amistad que, a puerta cerrada, desmiente el cliché de la enemistad inevitable. Como si el derecho fuese, también, una forma de dramaturgia: la escena pública exige fricción; la escena íntima permite humanidad.

Hay además un tercer personaje, silencioso y decisivo: la ópera misma. Scalia y Ginsburg compartían una pasión genuina por el género. Cenaban con frecuencia y asistían juntos a funciones; y no solo como espectadores, sino también con un guiño casi improbable: participaron como figurantes en una producción de Ariadne auf Naxos (Washington National Opera, 1994). Esa imagen —dos jueces, dos filosofías constitucionales, dos temperamentos, y una misma sala— dice mucho sobre una posibilidad que hoy parece exótica: la de disentir sin convertir el desacuerdo en devastación moral.




La historia de la composición tiene algo de parábola contemporánea. Wang, formado en música (Harvard y Yale) y, al mismo tiempo, estudiante de Derecho cuando comenzó a escribir la obra, decidió dramatizar lo que tantos daban por irreconciliable: opiniones divergentes, amistad cercana y un entusiasmo compartido por la ópera. En 2013 llegó a presentar fragmentos ante los propios Scalia y Ginsburg en el Tribunal Supremo, como quien somete una hipótesis al tribunal de los hechos —pero con partitura. Incluso el título encierra un pequeño comentario institucional. Cuando le preguntaron a Ginsburg por qué el nombre de Scalia va primero en Scalia/Ginsburg, respondió que, además de «sonar mejor», en el Tribunal todo se rige por la antigüedad. 

Wang ha descrito el concepto subyacente como «precedente operístico»: palabras y música citan, de manera constante, fuentes jurídicas y operísticas como lo haría una opinión judicial. Es una idea deliciosa y, a la vez, seria: la obra funciona como un texto que argumenta mientras canta, como si la cita —ese gesto tan propio del derecho— pudiera traducirse en motivo musical. Scalia entra con un aria de furia cuyas convenciones del siglo XVIII evocan su originalismo; Ginsburg, en cambio, inaugura su línea vocal transformándose, deslizándose del mundo operístico al jazz, al góspel y al pop, en consonancia con su defensa de una Constitución «viva», capaz de evolucionar. El argumento mezcla teoría constitucional —originalismo frente a constitucionalismo evolutivo— con referencias a decisiones emblemáticas del Tribunal Supremo, y teje su tejido musical con ecos de Handel, Mozart, Rossini o Bellini, pero también con Verdi, Puccini, villancicos, «The Star-Spangled Banner» y jazz.

Quizá el punto más sugerente de Scalia/Ginsburg no sea su ingenio —que lo tiene— sino su propuesta ética y estética: la posibilidad de que dos visiones opuestas del mundo compartan un idioma común sin que una deba exterminar a la otra. En tiempos de bandos, la amistad aparece como una práctica difícil: no sentimental, sino disciplinada; no ingenua, sino deliberada. Una amistad «nada peligrosa», sí, porque su peligro —si lo hay— es otro: amenaza el negocio de la polarización, ridiculiza el cliché de que solo se puede convivir con el igual, y recuerda algo elemental que a menudo olvidamos: que el desacuerdo, cuando no se convierte en odio, puede ser incluso una forma de respeto.



Más sobre Ginsburg y Scaila

Extracto de La saludable amistad entre dos jueces de tendencias opuestas por Juan Meseguer: 

En un momento en que la discusión de ideas diferentes es vista como una forma de agresión, la amistad entre el juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos Antonin Scalia, de tendencia conservadora, y su colega Ruth Bader Ginsburg, progresista, queda como ejemplo de que es posible discrepar sin atribuir intenciones maliciosas al adversario.

La amistad entre Scalia y Ginsburg comenzó en los años ochenta, cuando coincidieron en el Tribunal de Apelaciones para el Circuito del Distrito de Columbia. De ahí, dieron el salto al Supremo: Scalia, en 1986, a propuesta de Ronald Reagan; y Ginsburg, en 1993, nombrada por Bill Clinton.

En un país tan polarizado como EE.UU., llama la atención que dos jueces de tendencias opuestas reunieran a sus familias para celebrar juntos el fin de año. De esa amistad y de su pasión común por la ópera deja constancia la ópera cómica Scalia/Ginsburg, estrenada el pasado verano en el Festival Castleton de Vermont.

Los puntos en común no excluían los desacuerdos. Scalia era partidario de interpretar la Constitución y sus enmiendas de forma más literal (“textualismo”) y según el significado público que tenían las palabras en el momento en que fueron promulgados los textos (“originalismo”). Ginsburg, en cambio, defiende una interpretación evolutiva de la Constitución, que permite adaptar el texto constitucional a las realidades de la sociedad contemporánea.

Para Scalia, la acomodación de la ley fundamental a los tiempos actuales corresponde hacerla al pueblo, a través de una reforma constitucional aprobada en el parlamento, no a los jueces. “El problema de una Constitución viva –decía– es que alguien tiene que decidir cómo crece y cuándo se han de añadir nuevos derechos. En una democracia, esta responsabilidad es demasiado grande como para endosársela a 9 jueces. O incluso a 30”. Por eso, en alguna ocasión reprochó a sus colegas: “Esto no es interpretar la Constitución, sino crear una nueva”.

El choque entre estas dos formas de interpretar la Constitución se puso de manifiesto en cuestiones particularmente polémicas: a diferencia de Ginsburg, Scalia se oponía a facilitar el aborto, a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo o a la discriminación positiva para favorecer a las minorías.

La libre confrontación de ideas entre ambos jueces se plasmaba en un debate civilizado dentro del tribunal. A la muerte de Scalia, Ginsburg elogió que los votos particulares de su colega le ayudaban a afinar sus argumentos cuando le tocaba a ella redactar la sentencia: “El juez Scalia acertaba a ver los puntos débiles (…) y me daba justo lo que necesitaba para reforzar la opinión de la mayoría”.

Scalia era partidario de interpretar la Constitución según el significado que tenían las palabras en el momento en que fue promulgada; Ginsburg defiende su interpretación evolutiva

Irin Carmon, coautora de una biografía sobre Ginsburg, recoge en un reciente artículo otra opinión elocuente sobre Scalia: “Por más que te pudieran molestar sus enérgicas discrepancias –explica la jueza–, era tan absolutamente encantador, tan divertido, a veces tan explosivo, que no podías evitar pensar: estoy orgullosa de que sea mi amigo y compañero de trabajo”.

Pero Scalia también tenía detractores. Llama la atención el moralismo de la nueva generación de la izquierda: “El juez Scalia no es encantador. Simplemente es mezquino”, dice un artículo publicado en Slate. Y otro: “Como progresista estás en tu derecho a odiar a Scalia (…) Escribió cosas crueles y degradantes sobre grupos enteros de estadounidenses”. Otro articulista salva a Scalia, a costa de endiñarle la mala fama a un compañero del tribunal, Samuel Alito, al que acusa de una “sutil malicia”.

A diferencia del tono empleado por Ginsburg, el de estas informaciones periodísticas refleja la tendencia actual a sustituir los debates de ideas por los juicios de intenciones: el adversario es un inmoral y sus opiniones necesariamente denotan maldad.

A este giro aludía hace poco en El País Benito Arruñada, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra. En vez de presuponer que los partidarios de ideologías rivales aspiran –en principio, tanto como los de la propia– a construir una sociedad justa, hoy se tiende a negar su entidad moral. Frente a esta forma de sectarismo, Arruñada recuerda que “no se puede dialogar desde la superioridad moral. Aun menos desde la cosificación del adversario”.



martes, 23 de enero de 2018

Dead Man Walking en el Real de la Ópera

«Cuando a Elmo Patrick Sonnier le llegó la hora de ser ejecutado en Luisiana, le pidió a la hermana Helen Prejean que no asistiera. “No quería dejarme esa cicatriz en el corazón. Pero le dije que cuando fuera a morir buscara mis ojos. Quería que se fuera de este mundo con una mirada de amor”. La monja católica autora de Dead Man Walking lo contaba este lunes en Madrid. Su libro da testimonio de su experiencia con diversos condenados en el corredor de la muerte. Inspiró una película dirigida por Tim Robbins en 1995 y ahora una ópera, compuesta por Jake Heggie, que se estrena este viernes en el Teatro Real.


Lleva 20 años en cruzada perpetua por su abolición. Camina como comiéndose el suelo del teatro donde verá de nuevo reflejada su historia. Ladeada pero firme. Y cree que su senda ha dado algún resultado. “Hace más de 30 años, el 80% de los estadounidenses apoyaba la pena capital. Ahora estamos mejorando”.

Aquella experiencia le cambió la vida. Entonces no tenía idea de dónde se metía. “No supe muy bien qué hacía. Cometí muchos errores”, confiesa. La empujaba un instinto de búsqueda profunda en medio de una espesa y sofocante niebla interior. Cree que fue una llamada para reestablecer la dignidad de aquellos seres profundamente alejados de toda empatía con lo humano. Así se convirtió en lo que llaman asesora espiritual. Desde que Sonnier se puso en sus manos, Helen Prejean ha acompañado a seis más.

Con casi todos mantiene un pulso. Parecido al que se echan entre sí Sean Penn y Susan Sarandon en pantalla. O ahora la mezzosoprano Joyce DiDonato y el barítono Michael Mayes en escena, al cantar la ópera. “Se trata, en gran medida, de darles la vuelta a su identidad. Convencerles de que también han sido víctimas de su cobardía al cometer un crimen. Conducirles a aceptar su propio remordimiento”... »