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martes, 11 de septiembre de 2012

a imagen de la guerra: un texto de todorov


niños jugando a la guerra


"El verano de 2012, como el de 2011, ha estado sembrado de ecos de guerra, aunque en esta ocasión en un país árabe distinto, Siria, en vez de Libia. Y no son las fuerzas occidentales (las nuestras) las que aplastan al infame enemigo, sino que se trata de una guerra civil de la que, al menos en teoría, no somos más que meros espectadores. La impresión general que saco de mis aproximaciones veraniegas a los medios de comunicación es la de la fascinación ante el espectáculo bélico. Hay una frase que capta y, al mismo tiempo, encarna el estado de ánimo que caracteriza esos reportajes militares; es una frase de la prestigiosa periodista Florence Aubenas. Después de describir un convoy que se disponía a ponerse en marcha para combatir, añadía: “A los lados, los niños forman un pasillo de honor, deslumbrados, tan sobrecogidos de admiración que no osan acercarse a esos hombres”. Dado que la autora no se atreve a hacer ningún comentario sobre ese deslumbramiento infantil, que es una trágica consecuencia del conflicto, el resultado es que se nos está invitando a nosotros —tanto periodistas como lectores— a compartir esa experiencia de asombro.
En la prensa, la fascinación se traduce en una sobreabundancia de imágenes: la guerra es fotogénica. Página tras página, contemplamos las ruinas humeantes de los edificios, los cadáveres expuestos en la calle, los malos a los que llevan a interrogar, con un probable uso de la fuerza, jóvenes hermosos que llevan un kalashnikov en las manos o en bandolera. Las fotos, ya se sabe, provocan una gran emoción, pero, aisladas, no emiten ningún juicio, y su significado es imposible de saber exactamente. La misma complacencia llena los textos que las acompañan: nos alegramos de ver los efectos de un atentado audaz, de descubrir un ejército dispuesto a tomar el poder. “La batalla galvaniza a los rebeldes”, pero es evidente que también a los periodistas. Las fotos muestran los rostros inquietos de los prisioneros y los pies les identifican con sobriedad: “un hombre sospechoso de ser informador”, “un policía acusado de espionaje”; ¿Están todavía vivos en el momento de la publicación? Se hace sin pestañear el retrato de un joven “modesto” cuya especialidad es “suprimir a los dignatarios y a los jefes de los milicianos”. Pero no tiene la culpa: “Es un asesino de asesinos, mata a los que matan”. Los combates y la violencia no solo son fotogénicos, sino mitogénicos, generadores de los relatos más emocionantes, los que nos hacen estremecernos y compartir la experiencia.

Los medios de comunicación no se conforman con representar la guerra, sino que la glorifican
En su gran mayoría, los medios de comunicación no se conforman con representar la guerra, sino que la glorifican; escogen su bando y participan en el esfuerzo bélico. La verdad es que la guerra despierta fascinación casi siempre, quizá porque representa el ejemplo supremo de una situación en la que, en nombre de un ideal superior, estamos dispuestos a arriesgar lo más preciado que tenemos, la vida. A ello se añade la admiración que sienten los espíritus contemplativos por los hombres de acción, a los que se apresuran a convertir en símbolos, y también la atracción que ejerce la violencia, el placer que experimentamos cuando vemos destrucciones, matanzas, torturas. El encanto de la guerra procede asimismo de que es una situación simple, en la que es fácil elegir: el bien se opone al mal, los nuestros a los otros, las víctimas a los verdugos. Si antes el individuo podía pensar que su vida era inútil o caótica, en la guerra adquiere cierta gravedad. De pronto, ya no nos preocupamos por cuestionar la realidad que se esconde detrás de las palabras. ¿Acaso la revolución es necesariamente buena, sea cual sea el resultado? Y en cuanto a la lucha por la libertad, ¿no corre peligro de encubrir un simple deseo de poder? ¿Basta con hablar de derechos humanos, una denominación no controlada, para convertirse en su paladín?
Sin embargo, en esos mismos relatos aparece también otra imagen de la guerra, a poco que vayamos más allá de los grandes titulares y los pies de foto para interesarnos por las descripciones detalladas. Las justificaciones ideológicas, esenciales para desencadenar guerras civiles, después no sirven más que para vestir una lógica más poderosa, la avalancha de represalias y contrarrepresalias, la violencia que sube siempre un escalón más. “No es posible el perdón, esto será ojo por ojo y diente por diente”. “A quienes hayan matado los mataremos”. La intransigencia se vuelve obligatoria, la negociación y el compromiso se consideran traiciones. Las principales víctimas no son los combatientes de uno u otro ejército, sino las poblaciones civiles, que son sospechosas de complicidad con el enemigo, viven en la inseguridad permanente, mueren en ciegas explosiones, huyen de sus casas y sus aldeas, se aglutinan en campos de refugiados instalados en los países vecinos. Las guerras civiles no son nunca un simple enfrentamiento entre dos partes de la población, sino que consagran la desaparición de cualquier orden legal común, encarnado hoy en el Estado, y convierten en lícitas, por tanto, todas las manifestaciones de la fuerza bruta: saqueos, violaciones, torturas, venganzas personales, asesinatos gratuitos.
Este es el futuro probable de esos niños sobrecogidos de admiración."

TODOROV, Tzevan, "La fascinación ante la guerra", en El País, 11 de septiembre de 2012,
traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Tzvetan Todorov es semiólogo, filósofo e historiador de origen búlgaro y nacionalidad francesa.


 
niños a los que no le divierte la guerra

miércoles, 11 de julio de 2012

imágenes como símbolos (I): el puente

 "(...) hay puentes de palabras como los que tienden los poetas, puentes volados, puentes de plata para los enemigos que huyen, puentes cubiertos de nieve..., pero ninguno ha alcanzado para mí la categoría simbólica del viejo puente de Mostar que unía el barrio musulmán con el croata católico y que fue construido por el arquitecto Haireddín en tiempos de Solimán el Magnífico con una geometría limpia de un solo arco. Su estructura resistió los embates de más de cuatro siglos de guerras entre el imperio austrohúngaro y el turco y sirvió de escapatoria a fugitivos de uno y otro bando que lo recorrieron a uña de caballo. Pero no pudo soportar el combate casa por casa de la última guerra balcánica.



Es un lugar común pero no por ello ni menos cierto ni menos bello decir que el puente es una imagen de la unión.
El de la foto es el puente sobre el Neretva, puente de Mostar en Bosnia, unía, pero también separaba,  a católicos y musulmanes, aunque, obviamente, no sólo a ellos. Destruido durante la horrenda (y vulgar de tan cruel) guerra de los balcanes, se reconstruyó en 2004 siendo declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO
 

Lo primero que conocí de Mostar fue el muñón desventrado de ese viejo puente, que ahora ha sido reconstruido. Abajo, en el barranco del río Neretva, había un cafetín al aire libre donde algunos voluntarios de ONG y miembros de la misión internacional alternaban con los más jóvenes del lugar. Aquellos muchachos de Mostar-Este mostraban una extraña oscuridad refugiada en los ojos, como si tuviesen cortada alguna conexión con el mundo, lo que resultaba comprensible encontrándose como se encontraban al otro lado de un puente roto (...)"

Susana Fortes, "Cruzando puentes", Babelia, El País, 22 de marzo de 2008


echando unas risas



Mladic en el Tribunal Penal Internacional para la Ex-Yugoslavia

"(...) para acercar a los jueces la repercusión humana del proyecto, la acusación ha mostrado tres documentos gráficos esenciales.
El primero era la foto de un adolescente de Srebrenica asesinado en 1995 por la espalda por las tropas de Mladic. La víctima fue uno de los 8.000 varones tiroteados ese mes de julio, una vez tomada la ciudad por el Ejército serbobosnio. La instantánea es semejante a las extraídas del vídeo filmado en la localidad bosnia por los Escorpiones, un grupo paramilitar serbio. Descubierta en 2005, la grabación dio la vuelta al mundo y demostró que las muertes de Srebrenica fueron reales.

La segunda imagen procede de otro corto, esta vez sacado de un informativo televisivo, que captó Markali, el mercado de Sarajevo tras un bombardeo serbio en agosto de 1995. “Era una hora punta de compra de alimentos y hubo 30 muertos y 70 heridos”.


Los cadáveres esparcidos entre los precarios puestos de frutas y verduras han reaparecido en el tercer documento. Era un montaje del sitio de Sarajevo (1992-1996) a base de reportajes de la BBC sobre el terreno: los bombardeos diarios de la ciudad, los tiros de los francotiradores serbios y la penuria diaria de los habitantes (500.000 de todas las etnias bosnias antes de la guerra) han apoyado la principal alegación de la fiscalía. “Para crear el Estado serbio que se proponían, fue preciso cambiar la realidad de una región interétnica y lanzarse a la limpieza étnica”, según Groome (...)"

"La denuncia de la limpieza étnica marca la apertura del proceso contra Mladic", El País, 20 de mayo de 2012


Underground, Kusturica, 1995