«El mal, decía ella, viene siempre de fuera.
Y así lo había creído él, incluso meses después de romper con Miriam, cuando había sentido deseos de matar a Steve, su amante. Y lo mismo había creído incluso en el tren, leyendo a Platón. En su interior el segundo caballo de auriga siempre se había mostrado tan obediente como el primero. Pero el amor y el odio, pensaba ahora, el bien y el mal, vivían juntos en el corazón humano. En vez de hallarse distribuidos desproporcionadamente en los hombres, formaban una especie de bloque monolítico. Una especie de bloques monolíticos, uno bueno y otro malo. No había más que buscar un poco de uno u otro para encontrar el todo, bastaba con escarbar en la superficie. Todas las cosas tenían un lado opuesto cerca de ellas; toda decisión, un razonamiento en contra; todo animal, otro animal empeñado en destruirle; el macho a la hembra; lo positivo a lo negativo. La fisión del átomo era la única forma auténtica de destrucción, la ruptura de la ley universal de la inmutabilidad. Nada podía existir sin llevar lo opuesto últimamente ligado. ¿Podía existir espacio en un edificio sin que hubiera objetos que lo interrumpiesen? ¿Podía existir energía sin la materia o la materia sin la energía? La materia y la energía, lo inerte y lo activo... Antes consideradas como cosas opuestas, mientras que ahora se sabía que formaban una unidad.»