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jueves, 2 de marzo de 2023

«El cine, ataques a salas y violencia política»: un artículo en El País (Grupo GIECUVIJ-Universitat Jaume I)

Extracto de «El cine, en la diana de la violencia política», un artículo de Luis R. Aizpeolea en El País.

Enlace completo abajo


«[...] El cine, por su capacidad de influencia social, fue objetivo preferente de la intolerancia política en España, especialmente en el tardofranquismo y en la Transición. Las salas de exhibición de las películas demonizadas se convirtieron en campo para sus ataques con el lanzamiento de variados artefactos explosivos. Los cines españoles registraron 73 ataques violentos, el 57,55% entre 1974 y 1980. Su inmensa mayoría, el 64,39%, los reivindicó la extrema derecha. ETA protagonizó el 28,77% y la extrema izquierda el 5,48%.

más afectadas fueron las salas de Euskadi y Madrid, seguidas de Cataluña, Castilla y León y Comunidad Valenciana. Películas españolas —como La prima Angélica, de Carlos Saura; Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino; El crimen de Cuenca, de Pilar Miró, y El caso Almería, de Pedro Costa— fueron presa preferente de los ataques ultras. Son algunas conclusiones de la investigación académica de los historiadores Elena Blázquez, Juan Francisco López y el investigador jefe del Memorial de Víctimas del Terrorismo, Gaizka Fernández, recogidas en El cine en el punto de mira. La violencia política contra las salas de cine en España (1966-1992).



El primer atentado fue en 1966 en el cine Urgel de Barcelona con el lanzamiento de un artefacto casero, que provocó la suspensión de la película El barco de los locos, de Stanley Kramer. Fue una represalia, según sus autores, porque la película denunciaba el nazismo y el antisemitismo. Ese año nacieron Fuerza Nueva y Cedade (Círculo Español de Amigos de Europa), que, además de atacar al antifranquismo, reprochaban al Gobierno franquista, influido por los tecnócratas del Opus, el debilitamiento del nacionalcatolicismo.

Tres años después surgió el Pens (Partido Español Nacional Sindicalista), que defendía abiertamente la violencia para alcanzar un Estado fascista, y reivindicaría muchos atentados del tardofranquismo y la Transición. Los investigadores consideran que los indultos que Franco firmó por los seis etarras condenados a muerte por el Proceso de Burgos de 1970 fueron, para los ultras, una prueba decisiva del debilitamiento del régimen. Tras ello, se coordinaron y multiplicaron su violencia contra los movimientos sociales y culturales, como el cine, por su capacidad de difusión y la facilidad de atacar las salas de exhibición, añaden los investigadores.

Su primera actuación, en esta nueva etapa, fue en un cine de Mataró en 1972. Ocho individuos robaron dos proyectores y varias cintas para localizar, fallidamente, El gran dictador de Charles Chaplin, prohibida en España. Semanas después atacaron con un coctel molotov el cine Lisboa de Madrid y un cine de Palencia, que exhibían el documental Hitler, los últimos diez días con imágenes del Holocausto.

En 1974, el Pens destruyó con una bomba incendiaria el cine Balmes de Barcelona. Exhibía La prima Angélica, de Carlos Saura, que inauguraba en España la visión de la Guerra Civil desde el ángulo de los perdedores. El cine Amaya, que la exhibió en Madrid, fue objeto de sucesivas agresiones y del robo de varios metros de dicha película. Blas Piñar, líder de Fuerza Nueva, lo justificó porque “ofendía el 18 de julio”. En esas fechas, el Pens atacó la revista El ciervo y la Gran Enciclopedia Catalana en Barcelona y las librerías valencianas Pueblo y Tres i Quatre.


Jesucristo superstar, de Norman Jewison, calificada por Blas Piñar de “engendro satánico” por su visión de la figura de Jesucristo, tuvo que esperar meses hasta su estreno en España en febrero de 1975 en el cine madrileño Palafox. Ese día, un grupo numeroso, incluidos 15 curas, se concentraron ante el cine rezando el rosario.

Fallecido el dictador e iniciada la Transición, los grupos ultras intentaron revertirla con un aumento de sus ataques. En 1976 se contabilizaron 156 ataques a entidades culturales, incluidos los cines. El primero de la muestra que ofrecen los investigadores fue la sala Martí, de Valencia, atacada con dinamita por la proyección de El gran dictador, de Chaplin. Sufrió incidentes el cine Conde-Duque de Madrid por la proyección de Canciones para después de una guerra, de Basilio Martín Patino, que combinaba música de época con imágenes de posguerra de gran impacto, y fue retirada del cine en Málaga por sus continuas amenazas. Caudillo, también de Patino, proyectada dos años después, fue suspendida tras ser atacada en un cine de Torrevieja. El cine Luchana, de Madrid, sufrió dos ataques por proyectar Camada negra, de Manuel Gutiérrez Aragón. El cine Goya de Alcoy (Alicante) fue atacado con una bomba por proyectar La vida portentosa del Padre Vicente, una parodia de San Vicente Ferrer. También cabe reseñar los incidentes en el Festival de Cine de Valladolid en 1978 y en el Minicine-2 de Madrid por la exhibición de La vieja memoria de Jaime Camino [...]».

Continúa en: El cine, en la diana de la violencia política (El País)



jueves, 27 de febrero de 2020

La norma y la imagen: Hijos de los hombres: Nietzsche y Zizek

«Por supuesto, Hijos de la noche no es una película acerca de la infertilidad biológica, sino que trata de una infertilidad que hace mucho tiempo diagnosticó Friedrich Nietzsche, cuando percibió que la civilización occidental se movía en dirección al «último hombre», una criatura apática sin grandes pasiones o compromisos, incapaz de soñar, cansada de la vida, que no asume riesgos, que solo busca su comodidad y seguridad, una expresión de tolerancia mutua: «Un poco de veneno de vez en cuando produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener una muerte agradable. La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse. [...] La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche, pero honra la salud. "Nosotros hemos inventado la felicidad", dicen los últimos hombres.

Nosotros, habitantes de los países del primer mundo, encontramos cada vez más difícil imaginar una causa pública o universal por la que estaríamos dispuestos a dar la propia vida. De hecho, la división entre el primer y el tercer mundo tiende cada vez más a la línea de una oposición entre levar una vida larga y satisfactoria llena de riqueza material y cultural y dedicar la propia vida a alguna causa trascendental. ¿No es éste el antagonismo entre lo que Nietzsche llamó nihilismo "pasivo" y "activo"? En Occidente nosotros somos los "últimos hombres", inmersos en estúpidos placeres, mientras que los musulmanes radicales están dispuestos a arriesgarlo todo, implicados en un combate nihilista hasta el extremo de su autodestrucción. Lo que está desapareciendo de forma gradual en eta oposición entre los que están "dentro", los "últimos hombres" que moran en asépticas urbanizaciones cerradas, y los que están "fuera" son las viejas clases medias de siempre. La "clase media es un lujo que el capitalismo no puede seguir permitiéndose". El único lugar en Hijos de los hombres donde una extraña sensación de libertad nos invade es en Bexhill on Sea, una especie de territorio virgen al margen de la omnipresente y sofocante opresión. El pueblo que mantienen sus habitantes, que son inmigrantes ilegales, está aislado por un muro y se ha convertido en un campo de refugiados. La vida prospera aquí entre manifestaciones fundamentalistas islámicas, pero también entre actos de auténtica solidaridad. No debería de sorprendernos que la extraña criatura, el bebé recién nacido, aparezca aquí. Al final del film las fuerzas aéreas bombardean despiadadamente Bexhill on Sea.»

Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza, 1999.
John Gray, Straw Dogs, Londres, Granta, 2003, pág. 161 (trad. cast. : Perros de paja: reflexiones sobre los humanos y otros animales, Barcelona, Paidós, 2003. 



Slavoj Zizek. Sobre la violencia, Seis reflexiones marginales. trad. del inglés: A. J. Antón Fernández. Buenos Aires: Paidós, 2009, 288 pp., págs. 43-44.


Hijos de los hombres, Alfonso Cuarón, 2006