martes, 7 de abril de 2026

La polémica del Guernica

A pesar de los argumentos técnicos del Ministerio de Cultura y del Museo Reina Sofía, que a estas alturas resultan algo rutinarios y poco persuasivos, cuesta aceptar que la discusión sobre el destino del Guernica deba cerrarse apelando únicamente a su fragilidad material o a la inercia institucional. La verdadera «catetada», a mi juicio, adopta dos formas simétricas. La primera consiste en dar por natural e indiscutible que la obra permanezca para siempre en Madrid, como si su instalación en el centro político y administrativo del Estado agotara su sentido histórico. La segunda, apenas más sofisticada, consistiría en trasladarla a Bilbao para convertirla en una pieza de prestigio dentro del circuito del gran museo contemporáneo y de la capitalidad cultural vasca. En ambos casos se pierde algo esencial. Se pierde la relación concreta entre la pintura y el lugar cuyo nombre convirtió en emblema universal del horror.


El problema no es meramente territorial ni identitario. Tampoco se reduce a una rivalidad entre ciudades o instituciones. Lo que está en juego es la posibilidad de restituir a la obra una parte de su densidad histórica. Guernica no es una pintura cualquiera de Picasso ni una obra maestra disponible para ser administrada según criterios de centralidad política, de marca museo o de rendimiento turístico. Es una intervención artística nacida de un crimen preciso, de un bombardeo preciso, de una violencia ejercida sobre una población concreta que terminó por adquirir significación mundial. Su fuerza universal procede justamente de esa inscripción material en una historia situada. Arrancarla indefinidamente de ese anclaje equivale, en cierta medida, a neutralizar una parte de su verdad.

Por eso, si alguna vez se reabriera de veras el debate sobre su traslado, el destino intelectualmente defendible no sería Bilbao, sino Gernika-Lumo. Allí la obra recuperaría una relación más intensa con su propio referente histórico. Allí dejaría de funcionar ante todo como tesoro nacional centralizado o como icono museístico de alto rango y volvería a comparecer, también, como imagen de una herida. Esa proximidad no reduciría su alcance universal. Al contrario, lo reforzaría. Hay obras cuya vocación mundial se comprende mejor cuando se las devuelve al lugar desde el que irrumpieron en la historia con cartelas sobre los bombardeos de tantas poblaciones civiles todavía hoy como Líbano o Palestina.