miércoles, 3 de febrero de 2016

arte urbano con conciencia social (valencia)





arte urbano en Valencia: corrupción, burbuja inmobiliaria, recortes, privatizaciones, pobreza y dualización social













Artículo en La Vanguardia: «Escif, el Bansky valenciano»: aquí 

martes, 3 de noviembre de 2015

Jean CARBONNIER (1808-2003): escritor





«Apart from his academic career, Jean Carbonnier was also a writer: his book Les incertitudes du jeune Saxon. Une autofiction de Jean Carbonnier was published posthumously, in 2011. This fiction shows that Jean Carbonnier was not only a theorist, but also an author of literature. This element can be perceived while reading his theoretical works about law, since he always explained his thoughts with an elegant and precise way of writing. Les incertitudes du jeune Saxon represents at the same time a fiction (sort of Bildungsroman) and a reflection about law and history. This work is also linked with the story of his own family and tastes.»


Carbonnier, Jean (2011), Les incertitudes du jeune Saxon. Une autofiction de Jean Carbonnier. Paris: Lexis Nexis.

martes, 15 de septiembre de 2015

Vizinczey: La literatura de verdad (sic) y un decálogo del escritor






Siempre le he tenido fe a este escritor húngaro que escribe en inglés y del que disfrutamos En los brazos de la mujer madura (1965) y luego Un millonario inocente (1983).

Un millonario inocente (una novela muy a la Balzac) es el retrato más despiadado al sistema judicial norteamericano que conozco y su crítica feroz al funcionamiento de los despachos de abogados en la capital del universo del capital (valga la redundancia) debería estudiarse en las Facultades de Derecho del país de Oliver Wendell Holmes.

En lo que sigue reproducimos una entrevista que tiene interés para el interesado en «La norma y la imagen». En ella Vizinczey opone (quizás de forma discutible) al diseño de clase de los personajes literarios de Dickens la autenticidad de los escritores rusos y franceses de principios del siglo XIX.

Terminamos con un decálogo (una serie de consejos para escritores) al que hace tiempo le encontré mucha gracia.








«Separar la paja del grano. Es lo que hace el campesino en la era. Y lo que, en el campo de la escritura, hizo Stephen Vizinczey  en Verdad y mentiras en la literatura, un ensayo clave para todo estudioso de la creación literaria. Sus criterios para deslindar la impostura de la autenticidad siguen muy vigentes en la actualidad. El libro recoge algunos de los artículos que a lo largo de varios años vieron la luz en diversos periódicos y suplementos, como el ABC Cultural dirigido por Blanca Berasátegui... Fue publicado por primera vez en 1985 (a España llegó en 1988) pero todavía sigue suscitando un gran interés, hasta el punto de que se sigue editando en nuevos países. Aquí Seix Barral preparó una nueva versión el año pasado, disponible en Amazon, y acaba de salir también en Brasil y Holanda. "Cuando lo publiqué al principio apenas se vendió. En el Reino Unido se vendieron unos 2.000 ejemplares, y en EE. UU se quedó en los 5.000. Es que estas cosas nunca le han interesado a mucha gente. Lo bonito es ver que en los pequeños ámbitos del estudio de la literatura sigue generando debate y me llaman de nuevos sitios para publicarlo".





Vizinczey, autor también de novelas de gran éxito como En brazos de la mujer madura y Un millonario inocente, lo explica a elcultural.es sentado en la cafetería de un hotel de la Gran Vía. Antes de una hora le recogerá un taxi para trasladarle al aeropuerto, donde tomará un vuelo hacia Londres, la ciudad donde vive este escritor de origen húngaro de 74 años desde finales de los 60. Ha venido a España (su país "favorito, junto con Italia y Francia") para participar en las jornadas La creación del mundo organizadas por el Instituto Ibercrea, dirigido por Arcadi Espada. Le queda margen pues para disertar sobre su gran pasión vital: la literatura. En la frontera que trazó con su ensayo hay escritores que quedan del lado de la verdad y otros en el de la mentira. En el primer bando, el de los buenos, Vizinczey coloca "a los escritores de principios del siglo XIX en Francia y los rusos de ese mismo siglo".





"Son los autores de ficción más profundos que yo conozco. La razón seguramente es que vivieron en tiempos muy inciertos, caóticos. No estuvieron sujetos al corsé de la corrección política". Stendhal, Balzac, Dostoievski, Tolstoi, Pushkin... son los novelistas que ubica en el lado de la honestidad literaria. "En cambio los que viven épocas más estables están sujetos en mayor medida a la moral imperante. El conformismo es más marcado, se aceptan unas verdades concretas y no se contemplan alternativas". Como ejemplo utiliza la Inglaterra victoriana y su autor más célebre: "Dickens retrataba a sus personajes en función de su posición social y de su oficio. Es lo contrario de lo que hacía Stendhal o Balzac, cuya mirada a la gente era más profunda y más humana, mucho más individualizada, no tan influenciada por su clase". 




Dickens vs Balzac


A Balzac no se cansa de elogiarlo, en particular Las ilusiones perdidas. "Esa novela es una revelación. Es muy interesante para la gente dedicada al periodismo, porque hace una disección única de los medios de comunicación y del mundo editorial". También comenta que los personajes que desfilan por la obra se los encontró, revividos, en su estancia en Hollywood. "Fue curioso ver cómo muchos de los tipos que pululaban por allí me resultaban tan familiares, y era porque me recordaban a los que aparecían en la novela de Balzac". 

¿Y en España? ¿Dónde está la verdad de la literatura? Su respuesta es rápida y contundente: El lazarillo de Tormes. "Es una obra maestra, sin ninguna duda, un libro que al mismo tiempo es muy denso y muy corto. En él puedes asomarte al alma de sus personajes. Es sencillamente perfecto, encarna la verdadera esencia del arte: 'La naturaleza concentrada en una forma', como decía Stendhal". 

Y para conseguir esas perfecciones literarias en forma de novela, Vizinczey elaboró un decálogo que debería observar todo escritor; son sus diez mandamientos de inexcusable cumplimiento. En el sexto vuelve a traer a colación una cita de su admirado Balzac: "Las obras del genio están regadas con sus lágrimas". A lo que añade: " Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones... tales son los principales sucesos de las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos". Ahí deja eso antes ponerse en pie y apresurarse para coger su taxi. 
Tomanos nota. »





El escritor con Gloria, su mujer




*****




Stephen Vizinczey: El Decálogo del escritor



"Escribí esto en respuesta a un ruego de Raymond Lamont–Brown, director de Writer’s Monthly, que me pidió algo «lleno de consejos sensatos y prácticos para quienes son en muchos casos novatos en la ocupación de escribir»."

1. No beberás, ni fumarás, ni te drogarás. Para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes.

2. No tendrás costumbres caras. Un escritor nace del talento y del tiempo. Tiempo para observar, estudiar, pensar. Por consiguiente, no puede permitirse el lujo de desperdiciar una sola hora ganando dinero para cosas no esenciales. A menos que tenga la suerte de haber nacido rico, es mejor que se prepare para vivir sin demasiados bienes terrenales.
Es cierto que Balzac obtenía una inspiración especial de la compra de objetos y la acumulación de enormes deudas, pero la mayoría de las personas con hábitos caros son propensas a fracasar como escritores.
A la edad de 24 años, tras la derrota de la revolución húngara, me encontré en Canadá con unas 50 palabras de inglés. Cuando me di cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street, en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés.
Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno, y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura.
No podría haberlo hecho si me hubiesen interesado los trajes o los coches… En realidad, si no hubiera visto otra alternativa que la azotea de aquel rascacielos.
Algunos escritores inmigrantes que conocía trabajaban como camareros o vendedores para ahorrar dinero y crearse una base financiera antes de intentar ganarse la vida escribiendo; uno de ellos posee ahora toda una cadena de restaurantes y es más rico de lo que yo podría llegar a ser, pero ni él ni los otros volvieron a escribir.
Es preciso decidir qué es más importante para uno: vivir bien o escribir bien. No hay que atormentarse con ambiciones contradictorias.

3. Soñarás y escribirás y soñarás y volverás a escribir.
No dejes a nadie decirte que estás perdiendo el tiempo cuando tienes la mirada perdida en el vacío. No existe otra forma de concebir un mundo imaginario.
Nunca me siento ante una página en blanco para inventar algo. Sueño despierto con mis personajes, sus vidas y sus luchas, y cuando una escena se ha desarrollado en mi imaginación y creo saber qué han sentido, dicho y hecho mis personajes, tomo pluma y papel e intento relatar lo que he presenciado.
Una vez que he escrito mi relato, a mano y a máquina, lo leo y encuentro que la mayor parte de lo escrito es a) confuso o b) inexacto, o c) tedioso, o d) sencillamente no puede ser verídico. Así, utilizo el borrador mecanografiado como una especie de informe crítico de lo que he imaginado y vuelvo a soñar mejor toda la escena.
Fue este modo de trabajar lo que me hizo comprender, cuando aprendía inglés, que mi principal problema no es la lengua, sino, como siempre, ordenar las cosas en la cabeza.

4. No serás vanidoso.
La mayor parte de los libros malos lo son porque sus autores están ocupados en tratar de justificarse a sí mismos.
Si un autor vanidoso es alcohólico, el personaje de su libro descrito con mayor simpatía será un alcohólico. Este tipo de asunto es muy aburrido para los extraños.
Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir.
Dejé de tomarme en serio a la edad de 27 años. y desde entonces me he considerado sencillamente materia prima. Me utilizo del mismo modo que se utiliza a sí mismo un actor: todos mis personajes —hombres y mujeres, buenos y malos— están hechos de mí mismo, más la observación.

5. No serás modesto.
La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande.

6. Pensarás sin cesar en los que son verdaderamente grandes.
«Las obras del genio están regadas con sus lágrimas», escribió Balzac en Ilusiones perdidas. Rechazo, mofa, pobreza, fracaso, una lucha constante contra las propias limitaciones…, tales son los principales sucesos en las vidas de la mayoría de los grandes artistas, y si aspiras a conseguir su destino debes fortalecerte aprendiendo de ellos.
Yo me he animado con frecuencia al releer el primer volumen de la autobiografía de Graham Greene, Una especie de vida, que trata de sus primeras luchas. También he tenido ocasión de visitarle en Antibes, donde vive en un pequeño piso de dos habitaciones (un lugar diminuto para un hombre tan alto) con los lujos de un aire suave y una vista del mar, pero pocas posesiones aparte de libros. Parece tener pocas necesidades materiales, y estoy seguro que esto tiene algo que ver con la libertad interior que emana de sus obras. Aunque afirma que ha escrito sus «entretenimientos» por dinero, es un escritor dirigido por sus obsesiones sin hacer caso de modas cambiantes e ideologías populares, y esta libertad se comunica a sus lectores. Uno se siente liberado del peso de los propios compromisos, al menos mientras lo lee. Esta clase de logro sólo es posible para un escritor de costumbres espartanas.
Ninguno de nosotros tiene oportunidad de conocer personalmente a muchos grandes hombres, pero podemos estar en su compañía leyendo sus memorias, diarios y cartas. Hay que evitar, sin embargo, las biografias, en especial las que han sido convertidas en películas o series de televisión. Casi todo lo que nos llega sobre los artistas a través de los medios es pura palabrería, escrita por perezosos autores mercenarios que no tienen la menor idea del arte ni del trabajo duro. Un ejemplo reciente es Amadeus, que intenta convencernos de que es fácil ser un genio como Mozart y muy difícil ser una mediocridad como Salieri.
Hay que leer, en cambio, las cartas de Mozart. En cuanto a literatura específica sobre la vida del escritor, yo recomendaría Una habitación propia, de Virginia Woolf; el prefacio de La dama morena de los sonetos, de Shaw; Martin Eden, de Jack London, y sobre todo, Ilusiones perdidas, de Balzac.


7. No dejarás pasar un solo día sin releer algo grande.
En mi adolescencia estudié para ser director de orquesta, y de mi educación musical adopté una costumbre que considero esencial para los escritores: el estudio constante y diario de las obras maestras. La mayor parte de los músicos profesionales de dicha categoría conocen de memoria centenares de partituras; la mayor parte de los escritores, en cambio, sólo tienen el más vago recuerdo de los clásicos, lo cual explica que haya más músicos expertos que escritores expertos. Un violinista que poseyera la técnica de la mayor parte de los novelistas publicados no encontraría nunca una orquesta en la que tocar. Lo cierto es que sólo absorbiendo las obras perfectas, los modos específicos inventados por los grandes maestros para desarrollar una toma, construir una frase, un párrafo, un capítulo, se puede aprender todo lo que hay que aprender sobre la técnica. Nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo, pero si comprendes las técnicas de los maestros tienes más posibilidades de desarrollar las propias. Para decirlo en términos de ajedrez: aún no ha existido un gran maestro que no conociera de memoria las partidas de campeonato de sus predecesores.
No se debe cometer el error común de intentar leerlo todo para estar bien informado. Estar bien informado sirve para brillar en las fiestas, pero resulta absolutamente inútil para un escritor. Leer un libro para poder charlar sobre él no es lo mismo que comprenderlo. Es mucho más útil leer una y otra vez unas cuantas novelas hasta comprender por qué son buenas y cómo las han construido los escritores. Hay que leer una novela unas cinco veces para comprender su estructura, qué la hace dramática y qué le presta ritmo e impulso. Sus variaciones en compás y escala de tiempo, por ejemplo: el autor describe un minuto en dos páginas y luego cubre dos años con una frase… ¿Por qué? Cuando hayas comprendido esto sabrás realmente algo.
Cada escritor elegirá sus propios favoritos entre aquellos de quienes cree que puede aprender más, pero desaconsejo con firmeza la lectura de novelas victorianas, que están infestadas de hipocresía e hinchadas de redundancias. Incluso George Eliot escribió demasiado sobre demasiado poco.
Cuando te sientas tentado de escribir cosas superfluas deberás leer los relatos de Henrich von Kleist, quien dijo más con menos palabras que cualquier otro escritor en la historia de la literatura occidental. Lo leo constantemente, así como a Swift y a Sterne, a Shakespeare y a Mark Twain. Por lo menos una vez al año releo algunas obras de Pushkin, Gogol, Tolstoi, Dostoyevski, Stendhal y Balzac. A mi juicio, Kleist y estos novelistas franceses y rusos del siglo XIX son los más grandes maestros de la prosa, una constelación de genios no superados, como los que encontramos en la música, de Bach a Beethoven, y todos los días intento aprender algo de ellos. Esta es mi técnica.


8. No adorarás Londres–Nueva York–París.
Conozco a menudo aspirantes a escritores de lugares apartados que creen que las personas que viven en las capitales de los medios de comunicación tienen sobre el arte alguna información interna especial que ellos no poseen. Leen las páginas de críticas literarias, ven programas sobre arte en televisión para averiguar qué es importante, qué es el arte en realidad, qué debería preocupar a los intelectuales. El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar.
Aunque no hay razón para sentirse aislado. Si posees una buena colección de ediciones en rústica de grandes escritores y no dejas de releerlos, tienes acceso a más secretos de la literatura que todos los farsantes de la cultura que marcan el tono en las grandes ciudades. Conozco a un destacado crítico de Nueva York que no ha leído nunca a Tolstoi, y además está orgulloso de ello. No hay que perder el tiempo, por tanto, preocupándote por lo que está de moda, del tema idóneo, el estilo idóneo o qué clase de cosas ganan los premios. Cualquier persona que haya tenido éxito en literatura lo ha conseguido en sus propios términos.

9. Escribirás para tu propio placer.
Ningún escritor ha logrado jamás complacer a lectores que no estuvieran aproximadamente en su mismo nivel de inteligencia general, que no compartieran su actitud básica ante la vida, la muerte, el sexo, la política o el dinero. Los dramaturgos son afortunados: con ayuda de los actores pueden extender su mensaje hasta más allá del círculo de los espíritus afines. No obstante, hace sólo un par de años leí en los periódicos americanos las críticas más condescendientes de Medida por medida…, la obra en sí, ¡no la producción! Si Shakespeare no puede complacer a todo el mundo, ¿por qué intentarlo siquiera nosotros?
Esto significa que no vale la pena que te esfuerces por interesarte en algo que te resulta aburrido. Cuando era joven perdí mucho tiempo intentando describir vestidos y muebles. No sentía el menor interés por los vestidos ni por los muebles, pero Balzac experimentaba hacia ellos un apasionado interés, que consiguió comunicarme mientras le leía, así que pensé que debía dominar el arte de escribir excitantes párrafos sobre armarios si quería ser algún día un buen novelista. Mis esfuerzos estaban condenados, y agotaron todo mi entusiasmo por aquello que me había propuesto escribir en primer lugar.
Ahora sólo escribo sobre lo que me interesa. No busco temas: cualquier cosa en la que no pueda dejar de pensar es mi tema.
Stendhal dijo que la literatura es el arte de la omisión. y omito todo lo que no me parece importante. Describo a las personas sólo en los términos de aquellas de sus acciones, afirmaciones, ideas, sentimientos, que me hayan escandalizado–intrigado–divertido– deleitado a mí mismo o a otros.
No es fácil, por supuesto, ser fiel a lo que realmente nos importa; a todos nos gustaría ser considerados personas llenas de curiosidad por todo. ¿Quién asistió jamás a una fiesta sin fingir interés por algo? Pero cuando escribes tienes que resistir la tentación, y cuando lees lo que has escrito debes preguntarte siempre: «¿Me interesa de verdad esto?».
Si te ves a ti mismo —a tu yo verdadero, no a un concepto imaginario de ti mismo como la más noble de las personas que sólo se preocupan por los niños hambrientos de Africa—, tienes la posibilidad de escribir un libro que agrade a millones. Esto es así porque, quienquiera que seas, hay en el mundo millones de personas más o menos parecidas a ti. Pero nadie quiere leer a un novelista que no piense realmente lo que escribe. El éxito editorial más ramplón tiene una cosa en común con una gran novela: ambos son auténticos.

10. Serás difícil de complacer.
La mayoría de los libros nuevos que leo se me antojan a medio terminar. El escritor se contentó con hacer su trabajo más o menos bien, y luego pasó a algo nuevo.
Para mí, escribir empieza a ser emocionante de verdad cuando vuelvo a un capítulo un par de meses después de haberlo escrito. En esta fase lo miro menos como autor que como lector, y por muchas veces que reescribiera originalmente el capítulo, todavía encuentro frases que son vagas, adjetivos que son inexactos o superfluos. De hecho encuentro escenas enteras que, aunque ciertas, no añaden nada a mi comprensión de los personajes o de la historia y, por consiguiente, pueden eliminarse.
Es en este punto cuando examino el capítulo durante el tiempo suficiente para aprendérmelo de memoria —lo recito palabra por palabra a cualquiera dispuesto a escuchar— y si no puedo recordar algo, suelo descubrir que no era correcto. La memoria es un buen crítico.

The Sunday Telegraph, 14 de agosto de 1977

*****



viernes, 11 de septiembre de 2015

is she weird?














miércoles, 8 de julio de 2015

Sobre la nostalgia (reseña en Revista de Letras): a propósito del último libro de Amélie Nothomb




LA VIDA DE NOSOTROS 

Jesús García Cívico

Reseña publicada originalmente en REVISTA DE LETRAS


Ofrecida por La Vanguardia





La vida de nosotros
por Jesús García Cívico



¿Puede resultar dulce la nostalgia? ¿Presenta, en la era facebook, en pleno apogeo de la democratización de la vanidad, y por tanto de la explosión popular de la ego-ficción, en el auge de la imagen retocada y la sobre-exposición injustificada de nosotros mismos, en la primavera de nuestro narcisismo, por así decir, algún tipo de interés la literatura autobiográfica más amable sobre el yo? ¿Escribe –o mejor, publica– demasiados libros Amélie Nothomb (Kobe, 1967)? ¿Cabría quizás recoger toda la producción autobiográfica de la autora de Estupor y temblores (1999) en un único y extenso volumen? ¿Acabaríamos antes? ¿Nos daría pena que acabara? ¿Estamos ante un feliz ejemplo de casamiento entre la calidad y el éxito más popular? ¿Es la expresión “casamiento feliz” una contradicción en los términos?


Comencemos por la última cuestión: ¿Es La nostalgia feliz (Anagrama, 2015) el título de la última entrega de los textos autobiográficos de Amélie Nothomb un oxímoron?



Kaiki (regreso): La nostalgia tiene que ver con el regreso

Una nota sola basta, según lo veo, para caracterizar universalmente a la nostalgia: la nostalgia tiene que ver con el regreso.
La nostalgia piensa, quizás mejor siente, piensa, siente o le da vueltas al regreso. Sin embargo, aunque el regreso sea el mínimo común denominador de toda definición de la nostalgia (de una posible definición universal de la nostalgia), antes del regreso hubo de sucederle a la persona la distancia. Dicho de otra forma, la distancia es tanto la condición de posibilidad de la nostalgia como el presupuesto ontológico del regreso. ¿Qué distancia? Aunque el concepto de distancia es propiamente físico y se expresa en unidades de longitud, en nuestro idioma también utilizamos la distancia para ubicar en el corazón y en la memoria acontecimientos remotos del pasado.

Sí. Observamos el pasado desde la distancia y esa perspectiva es la posibilidad de trazar un relato de nosotros mismos. De hecho, para el filósofo Hans-Georg Gadamer la distancia temporal era la posibilidad misma de construcción… de un sentido. Gadamer se refería a la historicidad de las interpretaciones, en el seno de su pensar sobre hermenéutica, pero podemos aplicarnos sin violencia las peculiaridades narrativas de la distancia temporal a nosotros mismos: Australia queda lejos pero más lejana queda la infancia. Y encima, a ella no podemos regresar…

De la primera forma de distancia (la distancia longitudinal) provienen las términos más cercanos de la nostalgia. Homero –la tradición oral que llamamos Homero– habló con hexamétrica voz a los pueblos mediterráneos y por tanto marineros: nada hay tan dulce como la tierra natal y los padres de uno mismo, aunque uno tenga en tierra extraña y lejana los seres más excepcionales y la mansión más opulenta. Si se me admite la cursilada: el remo de todos los barcos del propio Ulises es la nostalgia. Nos parecen dulces la tierra natal, los propios padres y de acuerdo con Cioran, hasta el ovillo uterino, aún así podemos preguntarnos: ¿es dulce el recuerdo también?








Natsukashii: momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura

Sí, es cierto que, como todos, uno ha reflexionado en vano sobre la nostalgia. A este respecto, siempre me pareció muy clara la digresión que hace Milan Kundera de la nostalgia en La ignorancia. Escribió Kundera: “En griego, regreso se dice nostosAlgos significa sufrimiento. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia)”. Efectivamente, en Europa la nostalgia es dolorosa, en castellano decimos añoranza; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Aquí la nostalgia resulta afín a cierto modo de congoja, pero como sigue el escritor de Brno, “(…) con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemánHeimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos:söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra “nostalgia” tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: ‘te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia’.”

Gracias, Milan. Frente a la tonalidad triste del adjetivo inglés nostalgic, natsukashii designa en japonés la nostalgia… ¡feliz!: momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura.








Kami (papel). Amélie Nothomb: metafísica monstruosidad de una misma


La nostalgia feliz es hasta la fecha la última de las obras de la prolífica escritora belga nacida en Japón, Amélie Nothomb. Desde Higiene del asesino (1992) esta autora internacional y viajada ha combinado con prolífica inteligencia ficción y autoficción. Caracteriza a la primera línea, la de la más pura invención, su habilidad para tensar los enfrentamientos, el hábil uso del diálogo, el acierto temático (Ácido sulfúrico, 2005; Diario de Golondrina, 2006) y en esa misma ficción de la vida de una liberada, algunos rótulos impecables: Cosmética del enemigo, 2001; y más tarde, entre otras, las pesquisas más o menos noir,Ordeno y mando, 2008; El viaje de invierno, 2009; la epistolar Una forma de vida, 2010; la sombría Barba Azul, 2014. 

En todas ellas se podía observar la sutil pericia de Nothomb al conectar con los lectores, manejando con acierto igual las máximas que el diálogo exige (rapidez y verosimilitud –del diálogo no de la historia) y la reflexión más sugestiva sobre los cinco temas clásicos de la literatura: la identidad, la telúrica coexistencia del amor y del horror, la condición humana en general, la propia escritura y la muerte. Pericia, también aquí la de Nothomb, en la integración de lo raro, lo grotesco y monstruoso. Un adjetivo, monstruoso, al que uno tiene especial inclinación y querencia, y así lo usa con Nothomb, al ser, lo monstruoso, sede de lo irregular, lo adictivo, lo radicalmente original, lo raro-natural (la naturalidad es una de las mejores virtudes de la prosa de Nothomb) lo excéntrico y lo distinto: posibilidad siempre de la sorpresa y de lo auténtico.

Búsqueda, propiamente, de la identidad de la escritora de lo monstruoso –en la más bella acepción de la palabra– en la otra línea de Nothomb, quizás la que mayor seguidores le ha procurado: la narración breve –o muy breve– caracterizada, bien por la autobiografía, bien por la introducción autoficcionada de ella misma: El sabotaje amoroso (Circe, 1993) fue la primera en formato breve del amplio género que aquí estamos llamando “vida de nosotros”. A esta siguieron, puntualmente traídas ya por Anagrama en traducciones de Sergi Pàmies, Estupor y temblores(1999), descripción de su experiencia laboral tokiota y Grand Prix de la Academia Francesa;Metafísica de los tubos (2000), trama original de poética anfibia o combinación, como también se dijo en su día, de “filosofía y fontanería” acerca de una infancia en Osaka; la hibridez de Diccionario de nombres propios (2002); Antichrista (2003); Biografía del hambre (2004); el regreso a la biografía hecha relato en Ni de Adán ni de Eva, entre algunas otras de una extensa bibliografía de entregas anuales.

Vivo, sugestivo pero también en algún punto irregular –como no podía ser de otra forma– también el conjunto de estas entregas. Sin embargo, a todas las salvaba y aún las salva en algún grado la risa negra, la ironía y la claridad de su viveza, la feliz ausencia de la egolatría. Añado finalmente en descargo, el hecho, nada baladí en lo que a bioficciones se refiere, de ser la Nothomb persona interesante, contradictoria, original o monstruosa –por tanto inesperada– desconcertante y paradójica.



Decepción y Sainou (talento): La nostalgie heureuse

La última entrega de Nothomb, La nostalgia feliz, se inscribe sin violencia para bien y para mal, en esta última línea biográfica, esto es, entre los libros de Nothomb sobre su vida (describía enLa nostalgie heureuse Nothomb, recordémoslo, su nostalgia, por tanto su viaje de regreso y eso justificó nuestra digresión sobre la distancia como condición de los regresos). Sí, la autora regresa a su país natal, dieciséis años más tarde, retomando la ficción de Ni de Adán ni de Eva, acompañada de un equipo de la televisión francesa. Sus libros vuelven a traducirse en Japón y la cámara sigue su colisión con el país y con sus recuerdos: encuentros con su niñera Nishio-san o con Rinri, primer amor. ¿Y luego?

Estupendo inicio, irregular recuento luego de vivencias (no todas reseñables), entre el apuntalamiento de una personalidad lúcida y divertidamente auto-zaheridora (“no sé cómo denominar este ridículo aspecto de mi ser”). Pasajes espaciados entre lo anecdótico y lo meritorio, lo cierto es que el libro de Nothomb junto a callejones francamente insustanciales, recoge también con sutileza, con esa sutileza, que durante mucho tiempo –antes de la estruendosa vacuidad televisiva de los talent shows– nos gustaba llamar propiamente talento, reflexiones sugestivas provocadas, según lo veo, por la inteligente explotación literaria de la única cualidad humana digna de tal nombre: la extrañeza.

Se trata del mundo observado, insistimos en ello, por una escritora cargada de extrañeza, de monstruosidad (en acepción hermosa, versión superadora de la individualidad) y por tanto detalento. Talento, si se quiere muy particular, pero talento: se exhibe, por ejemplo, en las agudas reflexiones de tono metafísico sobre la nostalgia, pero también en las breves digresiones sobre urbanismo, en la astucia para observar la Historia (Fukushima) desde los ojos de quienes sólo tenemos historias. ¿Cuáles?

El comienzo es modélico: “Todo lo que amamos se convierte en una ficción” y luego —entre párrafos menores– estupendas reflexiones sobre la memoria a la Georg Simmel: “La memoria es una aventura extraña. Nishio-san recuerda los más mínimos detalles de mi infancia pero en cambio no se acuerda de Fukushima”; adagios literarios como el vertido por Nothomb a propósito de Shukugawa, el pueblo a las afueras de Kobe donde se crió, cuando la supervivencia la cifra la autora en el tipo de… silencio; aforismos sobre la desaparición de un parque de la infancia: “no hay futuro para lo que es únicamente poético”; lúcidas meditaciones: “en Occidente la nostalgia está menospreciada”. Sí, la nostalgia es “un valor tóxico del pasado”; pensées sobre una sociedad abocada irresponsablemente hacia el futuro; microlitos a la Paul Celan, de tonalidad metafísica: “experimentar el vacío es algo que debe tomarse al pie de la letra, no hay nada que interpretar: con la ayuda de los cinco sentidos, se trata de vivir la experiencia de la vacuidad. Es algo extraordinario”.



Aki (Otoño), estación propia de la autoficción

Un apunte más quería proponer antes de acabar: La nostalgia feliz, me parece, si hacemos caso a la fracción de Paul Auster (Diario de Invierno) un libro otoñal: “tengo cuarenta y cuatro años. Suponiendo que el tiempo sirva para medir algo en el ser humano, son sus heridas. No aspiro a tener ni más ni menos que cualquier otro, o sea: muchas. Lejos de curtirme, este lugar común me deja el corazón a la intemperie”. Edad otoñal, la de Nothomb. Edad de la perspectiva, de la soledad y de los balances. Libro de principio del otoño, de final de verano en todo caso. Nostalgia de otoño: lejos queda el verano y no podemos regresar a él. Que la nostalgia nos habita ló dejo dicho Eugène Ionesco. Que en otoño la temperatura de nosotros mismos baja varios grados y el viento que mueve la vida empuja con más fuerza lo saben quienes tenemos los años de Amélie.

Volvamos a Kunderaañorar como el catalán enyorar, deriva del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). “A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él (…) los alemanes prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido por lo que no implica necesariamente la idea de nostos; para incluir la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Senhsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).” Deseo feliz de la infancia o del primer amor, regreso de Nothomb (recordemos que una sola cosa bastaba para caracterizar a la nostalgia: la nostalgia tenía que ver con el regreso. Todo lo demás es culturalmente relativo.) Anhelo de retorno. Afán ventoso por lo repentinamente inasequible. En Esta nostalgia, el poema de Gioconda Belli, la nicaragüense, emparentaba su nostalgia con un huracán tambaleando sus huesos.


Mucho se ha escrito sobre el regreso del yo a la literatura, desplazamiento de la vida de los otros a la vida de nosotros. Pienso en Karl Ove Knaugård en las extensísimas La muerte del padre,Mi lucha (qué miedo de título) y Un hombre enamorado; en La parte inventada de Rodrigo Fresán. Pienso en África porque me gusta el repaso tan ficticio que hace de su vida Isak Dinesen, o baronesa Karen von Blixen-Finecke. Allí en África tengo, como muchos, por modélicas las obras de autoficción del sudafricano J. M. Coetzee, pues él, quizás mejor que nadie, ha sabido transitar, ese “biombo” –como nosotros mismos también ficticio– del que hablaba Enrique Vila-Matas, escritor afanado en borrar las fronteras entre ficción y biografía: el biombo —gran invento japonés— divide en dos espacios una habitación y ofrece la posibilidad de diferenciar dos áreas. Pero la separación es artificial, puesto que oculta que, de hecho, hay un solo espacio.

Otoño: soledad prolífica de los solos, estación de las hojas ocres, del pensar sobre la identidad y sobre el regreso que caracteriza a la nostalgia, del huracán de Gioconda Belli y de la autoficción.



Owari (final)

Terminemos, regresemos como Nothomb, a nuestro inicio. En el principio de esta reseña fue la pregunta. Resolvimos el oxímoron. Hablamos del regreso como charasteristica universalis de la nostalgia. Habíamos planteado más. ¿Estamos ante un feliz ejemplo de casamiento entre la calidad y el éxito más popular? Sí, Nothomb tiene éxito y eso debe ponernos muy contentos. Tiene éxito pero no es, desde luego, una escritora “de mercado”, sino una escritora de literatura; incómoda seguramente en esta división, tras una veintena de títulos, podemos decir que pocos como ella han tenido el talento literario para reivindicar la excentricidad como meollo de la, a menudo tan santificada, identidad. Desfilan en el último texto de Nothomb la poeta lionesa del XVI Louise Labé; el poeta persa medieval Omar Jayam; el poeta romántico francés Gérard de Nerval (Gérard Labrunie); Corneille y Colette, la conocida autora de Gigí pero comparece sobre todo la propia etopeya de Nothomb: frente al exhibicionismo sin fondo, sin causa o degradado de nuestra época, despunta la humildad, la humana incredulidad hacia el mundo circundante. Ocurrencias, algunas toscas, otras muy brillantes, autoexploración, recuerdos, meditaciones. Aforizó Lichtenberg que en los hombres famosos siempre hay mucho que admirar y mucho que maldecir. La nostalgia feliz se admirará si se conoce bien, o mejor se reconoce, a la autora de las anteriores entregas de tonalidad biográfica.

Más cuestiones: ¿Escribe –o mejor, publica– demasiados libros Amélie Nothomb? Es posible; ¿Cabría quizás recoger toda la producción autobiográfica de la autora de Estupor y temblores (1999) en un único y extenso volumen? No; ¿Acabaríamos antes? Sí; ¿Nos daría pena que acabara? Sí, pues sobre todo un rasgo de la escritora nos agrada: Amélie Nothomb parece una persona solitaria, excéntrica, monstruosamente vital y lo vital da pena que termine. A mí, que siempre he tenido una conciencia de la finitud y un apego a la adicción y a lo distinto, el rasgo de la vitalidad (de celebrar la vida haciendo muchas cosas –da igual si se terminan o no– o de estar, como se dice, “llena de vida”) enseguida me cautiva. A la vez, que una persona se sienta extranjera en su propio país es algo monstruoso (inhabitualmente bello y diferente) que entiendo perfectamente, me gusta y nos consuela.

¿Interesa La nostalgia feliz también?

Como es cierto que en mí anida un ser en todo muy contrario a mí, me da cierta vergüenza confesar que al menos un rato cada día busco mezquinamente entre huraño y amargado defectos en las cosas. Durante ese rato de vida malgastado, pienso que algunos pasajes de La nostalgia feliz son afines al Patty’s World de Philip Douglas, así aquellos en los que la autora es consciente del interés de los lectores por su vida sentimental. Durante ese rato tan mezquino mascullo avergonzado cosas feas sobre los premios de poesía, oigo mi propio balbucir contra siete de los diez escritores más leídos, vuelo como Nothomb hasta Japón y musito que la de Haruki Murakami no es una prosa sencilla sino una prosa descuidada. Afortunadamente para mí todo esto pronto se me pasa, bajo a la calle y compro un libro de poemas o recuerdo emocionado Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y al amigo muerto que me la recomendó. De esa memoria de las letras y de los amigos que se han ido, regreso hecho una personita mejor. De nuevo todo me gusta, no lo entiendo o me interesa. También todo lo de Nothomb. Más atractivas, en todo caso, las culpas, las inseguridades, las neurosis que las anécdotas de viaje o la pendiente rosa. ¿Alguna conclusión? La estupidez consiste, casi podemos coincidir con ella en este punto, en querer sacar conclusiones. La nostalgia feliz resulta una obra menor pero de una autora muy vital, por eso al cerrar la última página no la recordaremos con nostalgia triste sino con nostalgia feliz.


“Todo lo que amamos se convierte en ficción”, también nosotros. De repente, un día cada una de las vidas de nosotros iniciará con Schubert el viaje a nuestro invierno, estación terminal, punto negro y balance final de nuestras ficciones. Coincidiremos probablemente entonces en que lo relevante no era el Absoluto sino lo absolutamente irrelevante.







Sobre el autor
Jesús García Cívico (Valencia, 1969), licenciado en filosofía y doctor en derecho es profesor en la Universidad Jaime I donde dirige el proyecto 'La norma y la imagen' sobre derechos humanos, cine y literatura. Ha colaborado en las secciones de crítica literaria de 'Le Monde Diplomatique' (edición española), 'Dilema' revista de filosofía, 'Pasajes de Pensamiento Contemporáneo' y otras. Ha publicado poemas, aforismos y relato corto en diversas revistas literarias como 'La bolsa de pipas' (Palma de Mallorca) y 'Canibaal' (Valencia). En la actualidad es colaborador de la revista online de ocio y cultura 'El Hype (Culture & Entertainment Magazine)' donde tiene un espacio fijo en formato de blog: 'Hermosos y malditas' y acaba de publicar el libro de poemas, microtextos, aforismos y monólogos teatrales: Una casa holandesa (ego) aforismos en Word, poemas con auto-reverse (Valencia, ediciones Canibaal, 2014)

viernes, 29 de mayo de 2015

Gramática de La Volière (Texto extendido para la pintura de Crécent)


Gramática de La volière: Hélène Crécent en Trentatres Gallery

por Jesús García Cívico




Sobre todo una poética

Consideraba el antropólogo cultural Clifford Geertz, con enorme intuición política pero también jurídica, que todo poder requiere para triunfar y subsistir una retórica, y además o sobre todo, una poética: una forma artística de hacer y de presentar la desigualdad que resulte en algún punto conmovedora, esto es, que consiga de los súbditos la adhesión voluntaria –una suerte de adhesión estética– a las jerarquías que les someten.




Pieza de La voliére (Crécent, 2015)



Uno ha recordado mientras advertía la gramatical naturaleza de la mata de pelo embarullado en el centro sin peso de los pájaros de Hélène Crécent que ahora mismo nos rodean, que lo que describe Geertz para la política-teatro de su estudio etnográfico es extensible a la totalidad de las construcciones políticas: es visible, por ejemplo, en el ornato que rodea la aristocracia y la corona como fons nobiliatis, en el abuso de la metáfora del poder en el barroco, desde luego en los fascismos (en el tradicional y en el actual que es igual de eficaz pero más simpático), pero también en la puesta en escena de los movimientos pretendidamente rupturistas, así la marcha hippie, la sociedad del espectáculo de Guy Debord, o un mayo del 68 que hoy observamos con escozor y algo de resentimiento.




Volière


Uno ha creído pensar –mientras la disposición danzarina de las aves le remite a la viveza del baile de Maguy Marin– que corresponde, sobre todo a los artistas, sobreponer al lenguaje de símbolos de la jerarquía, el bosquejo de un mapa de salida.




Trentatres Gallery C/Denia, 64, Ruzafa (Valencia)




La puesta en escena del poder en el gran teatro del mundo acaba por implementar no sólo una jerarquía sino también la ortodoxia con la que aquél debe ser representado. De tanto en tanto, o al menos en dos ocasiones en la historia, al decir del filósofo griego Cornelius Castoriadis –la demokratía en la antigüedad griega y las revoluciones de la edad moderna–, surge la conciencia de la auto-creación política, el imaginario autopoyético. Se discute entonces la legitimidad heredada: la sanción divina de la autoridad, la herencia de la sangre, el canon dominante, el recurso a la tradición, esto es, las justificaciones heterónomas del poder y de la norma.

Todo comienza de cero.




Photo Exposición: Fernando Rincón



Mientras tanto (mientras no se desvelan, como en el cuento de Andersen, las desnudeces de los emperadores) las opciones de los administrados son aquellas que con su claridad expositiva habitual mostró el sociólogo alemán Albert O. Hirschman: salida, voz y lealtad.



Herzog y pájaros: dos términos de un vocabulario querido por Crécent



Sí, creo que corresponde definitivamente a los artistas, entre las que lleva tiempo descollando la pintora, poeta y escultora Hélène Crécent (Pau, Francia, 1966) una especial sensibilidad, quizás también una peculiar y a menudo, desconcertante, intuición tanto para detectar los motivos para levantar el vuelo (emprender la salida como muchos de los pájaros que justo ahora sobrevuelan la Trentatres Gallery) como para expresar con una voz personalísima las emociones, a menudo, contradictorias, que suscita la comprensión cabal del engaño que subyace a la farándula de la política-teatro-mundo.

¿Cómo se sale de aquí?



Público de la inauguración, a la der. Ximo Rochera director de Canibaal Revista de Arte y Literatura




Salida de Hélène: la conmovedora obstinación por deshacerse

Efectivamente, la artista francesa formada en Comunicación Visual y Audiovisual en la Ecole des Beaux Arts de Bordeaux ha sabido combinar la voz y la salida en su forma personal de relacionarse con el arte. Descartada la opción lealtad (quienes conocen a la autora de Componer en el tiempo conocen a un ser naturalmente contestario), a Crécent no le ha sido ajena la reivindicación feminista: una reivindicación cargada de razón pero con la que, parafraseando a André Gide, no siempre se han hilvanado buenas historias.



La artista francesa tiene su taller en Valencia, en pleno barrio de Ruzafa



Tampoco le es extraña a la responsable de exposiciones como Cuerpos múltiples, Corps mobiles o Hypercorps, la desarticulación del cuerpo, la atención prestada al material de deshecho, el cuestionamiento del papel del propio arte como instrumento de esa positividad que, de acuerdo con el filósofo más de moda en la actualidad –el surcoreano Byung-Chul Han– sobrecarga la experiencia del individuo contemporáneo.




El bloguero y la artista con Ximo Rochera, Marga del Campo, Pepa Castillo, Francisco Benedito y Xelo Candel


La heterogeneidad, la afinidad con la danza, bien visible en el dispar vuelo de las aves de la exposición que estamos contemplando, es una característica que no puede dejar de aparecer en la poética de arrebatos y emociones, las más de ellas encontradas, de Crécent.




Afinidades-Crécent: Corneille Astro, mujer y pájaro



Aparece con voz propia incluso cuando la cuestión de las aves ya ha ocupado el imaginario de tantos artistas entre la hibridez de las criaturas de Max Ernst, el surrealismo checo de Jan Švankmajer, la ligera disposición de los universos móviles de Alexander Calder, la besucona levitación de Marc Chagall.




Heterogeneidad, multiplicidad, conciencia de una necesidad: la de alborotarse constantemente ante la seriedad del señor que grita como palomas al pasar corriendo un crío. Diversidad y sin embargo, una nota basta, según lo veo, para disfrutar mejor la obra de esta francesa moderna y contestataria afincada en el Barrio de Ruzafa. Sí, caracteriza a Hélène Crécent una particular metafísica: la decidida voluntad, pero también el conmovedor sentimiento de tener que deshacerse.






Sí, aquellos de vosotros, visitantes de la exposición de la nueva galería Trentatres, que hayáis sentido próxima la inquietud por abandonar en algún momento de esta desconcertante existencia los sistemas heredados de creencias (también más adelante la creencia que motivó ese abandono), la casa familiar, la persona que nos ama, el azaroso apego a nuestra tierra, las camisas que heredamos y en general todo lo que no encaja en nuestra talla, habréis llegado a vislumbrar la culminación de una particular axiasis, dinámica, prístina forma de merecimiento o autopoiesis (por volver a la forma de hablar de Castoriadis): no hay epopeya más grandiosa que poder decir, al final, «ya me he deshecho a mí mismo».





Elena Battaglia Grunder, Hélène Crécent y Jesús García Cívico


Empezar de cero como invocación de lo ligero es un gesto valiente rayano en la locura. Pero la atracción por la demencia es propio de artistas que lograron, quizás sin proponérselo cuerdamente, avanzar desde el campo de su poética más específica a una tierra ignota pero más… elevada: de Cervantes a Artaud, del disparo inaugural de Chris Burden al gesto dañitesticular de Piotr Pavlenski.




Hélène Crécent y Fernando Rincón (fotógrafo)




En el caso de Crécent, al observar desde distintos ángulos la disposición de las aves, uno llega a olvidar el poso de infantil ambivalencia de Annette Messager, la afinidad de la autora con el mítico Grupo CoBrA (acrónimo de Copenhague, Bruselas, Ámsterdam) que a mitad de siglo XX reaccionó con primitivismo deliberado contra la rigidez de la abstracción geométrica.



Femme Oiseau (Mujer pájaro) Constant (Constant Nieuwenhuys) Ámsterdam, 1920 - Utrecht, 2005



la línea Christian Dotremont, Corneille, Constant o, sobre todo, Karel Appel y Asger Jorn tan presente en anteriores trabajos de la artista se disuelve en el margen de la pintura y lo que se observa ahora es una labor de auto-despojamiento.


 Crécent: eco en El Mundo (2012)




No sólo una desnudez –la del acabado técnico del dibujo liberado de sí mismo con automaticidad y rapidez– sino también todo un poema. Una poesía afín a ese arte más allá de los límites de la cultura oficial que Dubuffet denominó Art Brut o arte en bruto y que se podía recolectar, como la Fragaria vesca y otras frutas silvestres, en los márgenes de los bosques, en la periferia de sistemas ralos: los enfermos mentales, los niños pero también… los prisioneros.



Art Brut es también un local en París. Photo: Tamara Mesaría



¿Puede un artista dejar de lado su formación y viajar solo, sola en este caso, hacia ese impreciso momento de la infancia o de la disposición más alterada de nuestro ánimo que nos señala con dedos trémulos o antiquísimos el art brut o la más arcana (y herzogiana) cueva de los sueños olvidados?







El arte como comunicación: voz de Crécent

Más allá de la controversia sobre la naturaleza del arte que ocupó las mejores líneas de la conocida correspondencia entre Witold Grombowicz y Dubuffet (de nuevo Dubuffet) esto es, más allá de la metáforas del arte como vicio o del arte como alimento, defendidas por dos de los más geniales artistas del siglo XX, nunca está de más recordar que el arte –independientemente del tipo de hambre que satisfaga– es indisoluble de la noción más amplia de lenguaje.






En efecto, si se quiere llevar la interesante cuestión del por qué de la creación artística al –sólo en apariencia árido– ámbito de las necesidades básicas (uno siempre ha pensado que es incompleta la comprensión materialista del arte a partir del excedente económico), parece oportuno insistir en que el arte, siendo una forma de expresión, es también un acto de comunicación de las emociones, de los estados y de las disposiciones de ánimo. Por ello comenzamos esta reseña con la cuestión de la gramática.






Sí, aunque inteligente y valiosa, la aportación de la antropología cultural de tono materialista no logra aprehender del todo la complejidad de la producción artística, por volver al fabuloso director de cine alemán Werner Herzog, las cuevas donde durmieron nuestros ancestros están aún llenas de conjuros a la providencia y a la caza pero también de sueños olvidados. Esos sueños que sólo son capaces de expresarse en la inaprensible vaporosidad del arte. Tal es el calibre de la emoción de lo soñado.







En un tiempo en que las posibilidades técnicas, incluso las más sofisticadas, están al alcance de la mano de cualquier sujeto con un mínimo de temperamento artístico, en un tiempo donde todo se ha dicho de las más distintas formas, el arte, la creación artística vuelve su mirada, como el famoso abismo de Nietzsche, hacia el autor, en concreto hacia aquello que no he podido dejar de comunicarnos, por ser lo expuesto fruto de una vivencia propia, de una particular estancia, por así decirlo, en la parte más lóbrega de la cueva.



Annette Messager Le Repos des pensionnaires



El pájaro como tema: o «anoche soñé que conocía a Daphne du Murier»

Como recordaba el biólogo Gómez Cano, sólo en el Museo del Prado hay setecientas veintinueve pinturas que tienen representaciones de aves (la mayor parte de ellas en vuelos congelados) pertenecientes a treinta y seis especies. Los Brueghel en los Países Bajos y los Bassano en Italia fueron dos sagas familiares especializadas en las imágenes de la fauna alada. Entre los artistas de afición ornitológica, o quizás mejor ornitográfica (estamos defendiendo el interés de la gramática-pájara) destacaron, como resulta bien conocido, observadores de los cielos de la talla de El Bosco y de Rubens, las aves en concierto de Jan Fyt, las aves muertas de Goya, los pájaros de Fran Snyders, Paul y Martin de Vos. Pero la obra de Crécent no proviene de un repertorio de láminas de alados (recordemos que las aves de Crécent vienen, tantas de ellas, de una cueva de sueños olvidados) sino de un poema. A quienes les guste la poesía no le será desconocido el Arte de pájaros de Neruda. Poética suma de «pajarintos» o aves reales y «pajarantes»: aves ficticias sobre las que también aventuró Borges, fruto de la imaginación de los poetas.



«Anoche soñé que conocía a Daphne du Murier» (Poema) en Jesús García Cívico,  Registro (Valencia, 2017)



En efecto, uno no ha podido dejar de recordar mientras le viene a la cabeza el fragmento de Las lágrimas de Eros que Bataille dedicaba a la figura primitiva de una bestia con cabeza de ave y sexo en erección, que la representación artística de las aves, la «atracción-pájara» por así decir, es tan antigua como el sexo, que es tanto como decir, en el pensamiento de Bataille, tan antigua como la muerte. El ave, el híbrido del ave, es una constante en el surrealismo, así en las bien conocidas metamorfosis de Max Ernst pero también en una artista seguramente muy querida por Crécent: la contemporánea de Remedios Varo, Leonora Carrington.




Pájara haciendo pájaros por Remedios Varo



No hay en Hélène, como por cierto tampoco la había en la clásica, sexy, hitchcockniana adaptación de la hermosa y misteriosa Daphne du Murier, interés por el motivo ni voluntad de conocerlos bien a todos. No hay en Crécent intención de controlar sus emociones de tono antropológico, picos fálicos o de vulva, aves ornamentadas (queu de paon) interrogadas (Why), humoradas, volátiles acelerados, aberración de la volière (jaula de gran tamaño donde el pájaro vuela pero no escapa), fascinación, en fin, por la naturaleza indomesticable de los pájaros.





Por dentro todo está lleno de plumas

Acabamos. Observe, visitante de la exposición, las aves de Hélène Crécent, como una disposición de las horas del día aquel en que decidió volver a ser quien usted era. Es un gesto semejante a la tarea de recorrer en la oscuridad de la última noche de invierno –en nuestra particular cueva de sueños olvidados– el cuerpo de la persona que se desea. Ya no hay otra forma de poder reconocerla. Deténgase en el fondo oscuro desde donde han hecho su particular operación de salida, el rostro arrebatado, los frágiles pájaros, pregúntese por qué algunos, como antes muchos de nosotros, no teníamos propiamente ojos. La fuerza centrípeta de Crécent que parece haberlos mandado todos fuera en distintas direcciones.




Obra de Crécent: Lolita contre Afro-beat I - 42 x 42 cm




Si el cuerpo que narraba la historia en la serie Corps Multiples que se pudo ver hace un año en la MAG era el signo principal en una gramática de fragmentos de cuerpos, o la más sinuosa de las eses la grafía elemental de las Lolitas y los Collages Afro-beat, ahora la danza de vuelo, el torbellino de pelo recurrente y la expresión airada escriben un poema que correrá mejor suerte que aquel del Pale Fire de Nabokov que comenzaba –recordémoslo– con una  ave estrellada contra el cristal de una ventana. Uno no ha podido dejar de imaginar a la Crécent como aquella hacedora de aves de la pintura de Remedios Varo pero ya deshecha, liberada, infantil o sin apenas edad.


Por terminar con la metáfora del teatro político con la que comenzábamos: el poder está en todas partes; parafraseando a Foucault podemos decir que la mediocridad también, más no aquí, más no ahora en esta sala.