miércoles, 8 de julio de 2015

Sobre la nostalgia (reseña en Revista de Letras): a propósito del último libro de Amélie Nothomb




LA VIDA DE NOSOTROS 

Jesús García Cívico

Reseña publicada originalmente en REVISTA DE LETRAS


Ofrecida por La Vanguardia





La vida de nosotros
por Jesús García Cívico



¿Puede resultar dulce la nostalgia? ¿Presenta, en la era facebook, en pleno apogeo de la democratización de la vanidad, y por tanto de la explosión popular de la ego-ficción, en el auge de la imagen retocada y la sobre-exposición injustificada de nosotros mismos, en la primavera de nuestro narcisismo, por así decir, algún tipo de interés la literatura autobiográfica más amable sobre el yo? ¿Escribe –o mejor, publica– demasiados libros Amélie Nothomb (Kobe, 1967)? ¿Cabría quizás recoger toda la producción autobiográfica de la autora de Estupor y temblores (1999) en un único y extenso volumen? ¿Acabaríamos antes? ¿Nos daría pena que acabara? ¿Estamos ante un feliz ejemplo de casamiento entre la calidad y el éxito más popular? ¿Es la expresión “casamiento feliz” una contradicción en los términos?


Comencemos por la última cuestión: ¿Es La nostalgia feliz (Anagrama, 2015) el título de la última entrega de los textos autobiográficos de Amélie Nothomb un oxímoron?



Kaiki (regreso): La nostalgia tiene que ver con el regreso

Una nota sola basta, según lo veo, para caracterizar universalmente a la nostalgia: la nostalgia tiene que ver con el regreso.
La nostalgia piensa, quizás mejor siente, piensa, siente o le da vueltas al regreso. Sin embargo, aunque el regreso sea el mínimo común denominador de toda definición de la nostalgia (de una posible definición universal de la nostalgia), antes del regreso hubo de sucederle a la persona la distancia. Dicho de otra forma, la distancia es tanto la condición de posibilidad de la nostalgia como el presupuesto ontológico del regreso. ¿Qué distancia? Aunque el concepto de distancia es propiamente físico y se expresa en unidades de longitud, en nuestro idioma también utilizamos la distancia para ubicar en el corazón y en la memoria acontecimientos remotos del pasado.

Sí. Observamos el pasado desde la distancia y esa perspectiva es la posibilidad de trazar un relato de nosotros mismos. De hecho, para el filósofo Hans-Georg Gadamer la distancia temporal era la posibilidad misma de construcción… de un sentido. Gadamer se refería a la historicidad de las interpretaciones, en el seno de su pensar sobre hermenéutica, pero podemos aplicarnos sin violencia las peculiaridades narrativas de la distancia temporal a nosotros mismos: Australia queda lejos pero más lejana queda la infancia. Y encima, a ella no podemos regresar…

De la primera forma de distancia (la distancia longitudinal) provienen las términos más cercanos de la nostalgia. Homero –la tradición oral que llamamos Homero– habló con hexamétrica voz a los pueblos mediterráneos y por tanto marineros: nada hay tan dulce como la tierra natal y los padres de uno mismo, aunque uno tenga en tierra extraña y lejana los seres más excepcionales y la mansión más opulenta. Si se me admite la cursilada: el remo de todos los barcos del propio Ulises es la nostalgia. Nos parecen dulces la tierra natal, los propios padres y de acuerdo con Cioran, hasta el ovillo uterino, aún así podemos preguntarnos: ¿es dulce el recuerdo también?








Natsukashii: momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura

Sí, es cierto que, como todos, uno ha reflexionado en vano sobre la nostalgia. A este respecto, siempre me pareció muy clara la digresión que hace Milan Kundera de la nostalgia en La ignorancia. Escribió Kundera: “En griego, regreso se dice nostosAlgos significa sufrimiento. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia)”. Efectivamente, en Europa la nostalgia es dolorosa, en castellano decimos añoranza; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Aquí la nostalgia resulta afín a cierto modo de congoja, pero como sigue el escritor de Brno, “(…) con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemánHeimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos:söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra “nostalgia” tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: ‘te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia’.”

Gracias, Milan. Frente a la tonalidad triste del adjetivo inglés nostalgic, natsukashii designa en japonés la nostalgia… ¡feliz!: momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura.








Kami (papel). Amélie Nothomb: metafísica monstruosidad de una misma


La nostalgia feliz es hasta la fecha la última de las obras de la prolífica escritora belga nacida en Japón, Amélie Nothomb. Desde Higiene del asesino (1992) esta autora internacional y viajada ha combinado con prolífica inteligencia ficción y autoficción. Caracteriza a la primera línea, la de la más pura invención, su habilidad para tensar los enfrentamientos, el hábil uso del diálogo, el acierto temático (Ácido sulfúrico, 2005; Diario de Golondrina, 2006) y en esa misma ficción de la vida de una liberada, algunos rótulos impecables: Cosmética del enemigo, 2001; y más tarde, entre otras, las pesquisas más o menos noir,Ordeno y mando, 2008; El viaje de invierno, 2009; la epistolar Una forma de vida, 2010; la sombría Barba Azul, 2014. 

En todas ellas se podía observar la sutil pericia de Nothomb al conectar con los lectores, manejando con acierto igual las máximas que el diálogo exige (rapidez y verosimilitud –del diálogo no de la historia) y la reflexión más sugestiva sobre los cinco temas clásicos de la literatura: la identidad, la telúrica coexistencia del amor y del horror, la condición humana en general, la propia escritura y la muerte. Pericia, también aquí la de Nothomb, en la integración de lo raro, lo grotesco y monstruoso. Un adjetivo, monstruoso, al que uno tiene especial inclinación y querencia, y así lo usa con Nothomb, al ser, lo monstruoso, sede de lo irregular, lo adictivo, lo radicalmente original, lo raro-natural (la naturalidad es una de las mejores virtudes de la prosa de Nothomb) lo excéntrico y lo distinto: posibilidad siempre de la sorpresa y de lo auténtico.

Búsqueda, propiamente, de la identidad de la escritora de lo monstruoso –en la más bella acepción de la palabra– en la otra línea de Nothomb, quizás la que mayor seguidores le ha procurado: la narración breve –o muy breve– caracterizada, bien por la autobiografía, bien por la introducción autoficcionada de ella misma: El sabotaje amoroso (Circe, 1993) fue la primera en formato breve del amplio género que aquí estamos llamando “vida de nosotros”. A esta siguieron, puntualmente traídas ya por Anagrama en traducciones de Sergi Pàmies, Estupor y temblores(1999), descripción de su experiencia laboral tokiota y Grand Prix de la Academia Francesa;Metafísica de los tubos (2000), trama original de poética anfibia o combinación, como también se dijo en su día, de “filosofía y fontanería” acerca de una infancia en Osaka; la hibridez de Diccionario de nombres propios (2002); Antichrista (2003); Biografía del hambre (2004); el regreso a la biografía hecha relato en Ni de Adán ni de Eva, entre algunas otras de una extensa bibliografía de entregas anuales.

Vivo, sugestivo pero también en algún punto irregular –como no podía ser de otra forma– también el conjunto de estas entregas. Sin embargo, a todas las salvaba y aún las salva en algún grado la risa negra, la ironía y la claridad de su viveza, la feliz ausencia de la egolatría. Añado finalmente en descargo, el hecho, nada baladí en lo que a bioficciones se refiere, de ser la Nothomb persona interesante, contradictoria, original o monstruosa –por tanto inesperada– desconcertante y paradójica.



Decepción y Sainou (talento): La nostalgie heureuse

La última entrega de Nothomb, La nostalgia feliz, se inscribe sin violencia para bien y para mal, en esta última línea biográfica, esto es, entre los libros de Nothomb sobre su vida (describía enLa nostalgie heureuse Nothomb, recordémoslo, su nostalgia, por tanto su viaje de regreso y eso justificó nuestra digresión sobre la distancia como condición de los regresos). Sí, la autora regresa a su país natal, dieciséis años más tarde, retomando la ficción de Ni de Adán ni de Eva, acompañada de un equipo de la televisión francesa. Sus libros vuelven a traducirse en Japón y la cámara sigue su colisión con el país y con sus recuerdos: encuentros con su niñera Nishio-san o con Rinri, primer amor. ¿Y luego?

Estupendo inicio, irregular recuento luego de vivencias (no todas reseñables), entre el apuntalamiento de una personalidad lúcida y divertidamente auto-zaheridora (“no sé cómo denominar este ridículo aspecto de mi ser”). Pasajes espaciados entre lo anecdótico y lo meritorio, lo cierto es que el libro de Nothomb junto a callejones francamente insustanciales, recoge también con sutileza, con esa sutileza, que durante mucho tiempo –antes de la estruendosa vacuidad televisiva de los talent shows– nos gustaba llamar propiamente talento, reflexiones sugestivas provocadas, según lo veo, por la inteligente explotación literaria de la única cualidad humana digna de tal nombre: la extrañeza.

Se trata del mundo observado, insistimos en ello, por una escritora cargada de extrañeza, de monstruosidad (en acepción hermosa, versión superadora de la individualidad) y por tanto detalento. Talento, si se quiere muy particular, pero talento: se exhibe, por ejemplo, en las agudas reflexiones de tono metafísico sobre la nostalgia, pero también en las breves digresiones sobre urbanismo, en la astucia para observar la Historia (Fukushima) desde los ojos de quienes sólo tenemos historias. ¿Cuáles?

El comienzo es modélico: “Todo lo que amamos se convierte en una ficción” y luego —entre párrafos menores– estupendas reflexiones sobre la memoria a la Georg Simmel: “La memoria es una aventura extraña. Nishio-san recuerda los más mínimos detalles de mi infancia pero en cambio no se acuerda de Fukushima”; adagios literarios como el vertido por Nothomb a propósito de Shukugawa, el pueblo a las afueras de Kobe donde se crió, cuando la supervivencia la cifra la autora en el tipo de… silencio; aforismos sobre la desaparición de un parque de la infancia: “no hay futuro para lo que es únicamente poético”; lúcidas meditaciones: “en Occidente la nostalgia está menospreciada”. Sí, la nostalgia es “un valor tóxico del pasado”; pensées sobre una sociedad abocada irresponsablemente hacia el futuro; microlitos a la Paul Celan, de tonalidad metafísica: “experimentar el vacío es algo que debe tomarse al pie de la letra, no hay nada que interpretar: con la ayuda de los cinco sentidos, se trata de vivir la experiencia de la vacuidad. Es algo extraordinario”.



Aki (Otoño), estación propia de la autoficción

Un apunte más quería proponer antes de acabar: La nostalgia feliz, me parece, si hacemos caso a la fracción de Paul Auster (Diario de Invierno) un libro otoñal: “tengo cuarenta y cuatro años. Suponiendo que el tiempo sirva para medir algo en el ser humano, son sus heridas. No aspiro a tener ni más ni menos que cualquier otro, o sea: muchas. Lejos de curtirme, este lugar común me deja el corazón a la intemperie”. Edad otoñal, la de Nothomb. Edad de la perspectiva, de la soledad y de los balances. Libro de principio del otoño, de final de verano en todo caso. Nostalgia de otoño: lejos queda el verano y no podemos regresar a él. Que la nostalgia nos habita ló dejo dicho Eugène Ionesco. Que en otoño la temperatura de nosotros mismos baja varios grados y el viento que mueve la vida empuja con más fuerza lo saben quienes tenemos los años de Amélie.

Volvamos a Kunderaañorar como el catalán enyorar, deriva del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). “A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él (…) los alemanes prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido por lo que no implica necesariamente la idea de nostos; para incluir la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Senhsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).” Deseo feliz de la infancia o del primer amor, regreso de Nothomb (recordemos que una sola cosa bastaba para caracterizar a la nostalgia: la nostalgia tenía que ver con el regreso. Todo lo demás es culturalmente relativo.) Anhelo de retorno. Afán ventoso por lo repentinamente inasequible. En Esta nostalgia, el poema de Gioconda Belli, la nicaragüense, emparentaba su nostalgia con un huracán tambaleando sus huesos.


Mucho se ha escrito sobre el regreso del yo a la literatura, desplazamiento de la vida de los otros a la vida de nosotros. Pienso en Karl Ove Knaugård en las extensísimas La muerte del padre,Mi lucha (qué miedo de título) y Un hombre enamorado; en La parte inventada de Rodrigo Fresán. Pienso en África porque me gusta el repaso tan ficticio que hace de su vida Isak Dinesen, o baronesa Karen von Blixen-Finecke. Allí en África tengo, como muchos, por modélicas las obras de autoficción del sudafricano J. M. Coetzee, pues él, quizás mejor que nadie, ha sabido transitar, ese “biombo” –como nosotros mismos también ficticio– del que hablaba Enrique Vila-Matas, escritor afanado en borrar las fronteras entre ficción y biografía: el biombo —gran invento japonés— divide en dos espacios una habitación y ofrece la posibilidad de diferenciar dos áreas. Pero la separación es artificial, puesto que oculta que, de hecho, hay un solo espacio.

Otoño: soledad prolífica de los solos, estación de las hojas ocres, del pensar sobre la identidad y sobre el regreso que caracteriza a la nostalgia, del huracán de Gioconda Belli y de la autoficción.



Owari (final)

Terminemos, regresemos como Nothomb, a nuestro inicio. En el principio de esta reseña fue la pregunta. Resolvimos el oxímoron. Hablamos del regreso como charasteristica universalis de la nostalgia. Habíamos planteado más. ¿Estamos ante un feliz ejemplo de casamiento entre la calidad y el éxito más popular? Sí, Nothomb tiene éxito y eso debe ponernos muy contentos. Tiene éxito pero no es, desde luego, una escritora “de mercado”, sino una escritora de literatura; incómoda seguramente en esta división, tras una veintena de títulos, podemos decir que pocos como ella han tenido el talento literario para reivindicar la excentricidad como meollo de la, a menudo tan santificada, identidad. Desfilan en el último texto de Nothomb la poeta lionesa del XVI Louise Labé; el poeta persa medieval Omar Jayam; el poeta romántico francés Gérard de Nerval (Gérard Labrunie); Corneille y Colette, la conocida autora de Gigí pero comparece sobre todo la propia etopeya de Nothomb: frente al exhibicionismo sin fondo, sin causa o degradado de nuestra época, despunta la humildad, la humana incredulidad hacia el mundo circundante. Ocurrencias, algunas toscas, otras muy brillantes, autoexploración, recuerdos, meditaciones. Aforizó Lichtenberg que en los hombres famosos siempre hay mucho que admirar y mucho que maldecir. La nostalgia feliz se admirará si se conoce bien, o mejor se reconoce, a la autora de las anteriores entregas de tonalidad biográfica.

Más cuestiones: ¿Escribe –o mejor, publica– demasiados libros Amélie Nothomb? Es posible; ¿Cabría quizás recoger toda la producción autobiográfica de la autora de Estupor y temblores (1999) en un único y extenso volumen? No; ¿Acabaríamos antes? Sí; ¿Nos daría pena que acabara? Sí, pues sobre todo un rasgo de la escritora nos agrada: Amélie Nothomb parece una persona solitaria, excéntrica, monstruosamente vital y lo vital da pena que termine. A mí, que siempre he tenido una conciencia de la finitud y un apego a la adicción y a lo distinto, el rasgo de la vitalidad (de celebrar la vida haciendo muchas cosas –da igual si se terminan o no– o de estar, como se dice, “llena de vida”) enseguida me cautiva. A la vez, que una persona se sienta extranjera en su propio país es algo monstruoso (inhabitualmente bello y diferente) que entiendo perfectamente, me gusta y nos consuela.

¿Interesa La nostalgia feliz también?

Como es cierto que en mí anida un ser en todo muy contrario a mí, me da cierta vergüenza confesar que al menos un rato cada día busco mezquinamente entre huraño y amargado defectos en las cosas. Durante ese rato de vida malgastado, pienso que algunos pasajes de La nostalgia feliz son afines al Patty’s World de Philip Douglas, así aquellos en los que la autora es consciente del interés de los lectores por su vida sentimental. Durante ese rato tan mezquino mascullo avergonzado cosas feas sobre los premios de poesía, oigo mi propio balbucir contra siete de los diez escritores más leídos, vuelo como Nothomb hasta Japón y musito que la de Haruki Murakami no es una prosa sencilla sino una prosa descuidada. Afortunadamente para mí todo esto pronto se me pasa, bajo a la calle y compro un libro de poemas o recuerdo emocionado Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y al amigo muerto que me la recomendó. De esa memoria de las letras y de los amigos que se han ido, regreso hecho una personita mejor. De nuevo todo me gusta, no lo entiendo o me interesa. También todo lo de Nothomb. Más atractivas, en todo caso, las culpas, las inseguridades, las neurosis que las anécdotas de viaje o la pendiente rosa. ¿Alguna conclusión? La estupidez consiste, casi podemos coincidir con ella en este punto, en querer sacar conclusiones. La nostalgia feliz resulta una obra menor pero de una autora muy vital, por eso al cerrar la última página no la recordaremos con nostalgia triste sino con nostalgia feliz.


“Todo lo que amamos se convierte en ficción”, también nosotros. De repente, un día cada una de las vidas de nosotros iniciará con Schubert el viaje a nuestro invierno, estación terminal, punto negro y balance final de nuestras ficciones. Coincidiremos probablemente entonces en que lo relevante no era el Absoluto sino lo absolutamente irrelevante.







Sobre el autor
Jesús García Cívico (Valencia, 1969), licenciado en filosofía y doctor en derecho es profesor en la Universidad Jaime I donde dirige el proyecto 'La norma y la imagen' sobre derechos humanos, cine y literatura. Ha colaborado en las secciones de crítica literaria de 'Le Monde Diplomatique' (edición española), 'Dilema' revista de filosofía, 'Pasajes de Pensamiento Contemporáneo' y otras. Ha publicado poemas, aforismos y relato corto en diversas revistas literarias como 'La bolsa de pipas' (Palma de Mallorca) y 'Canibaal' (Valencia). En la actualidad es colaborador de la revista online de ocio y cultura 'El Hype (Culture & Entertainment Magazine)' donde tiene un espacio fijo en formato de blog: 'Hermosos y malditas' y acaba de publicar el libro de poemas, microtextos, aforismos y monólogos teatrales: Una casa holandesa (ego) aforismos en Word, poemas con auto-reverse (Valencia, ediciones Canibaal, 2014)

viernes, 29 de mayo de 2015

Gramática de La Volière (Texto extendido para la pintura de Crécent)


Gramática de La volière: Hélène Crécent en Trentatres Gallery

por Jesús García Cívico




Sobre todo una poética

Consideraba el antropólogo cultural Clifford Geertz, con enorme intuición política pero también jurídica, que todo poder requiere para triunfar y subsistir una retórica, y además o sobre todo, una poética: una forma artística de hacer y de presentar la desigualdad que resulte en algún punto conmovedora, esto es, que consiga de los súbditos la adhesión voluntaria –una suerte de adhesión estética– a las jerarquías que les someten.




Pieza de La voliére (Crécent, 2015)



Uno ha recordado mientras advertía la gramatical naturaleza de la mata de pelo embarullado en el centro sin peso de los pájaros de Hélène Crécent que ahora mismo nos rodean, que lo que describe Geertz para la política-teatro de su estudio etnográfico es extensible a la totalidad de las construcciones políticas: es visible, por ejemplo, en el ornato que rodea la aristocracia y la corona como fons nobiliatis, en el abuso de la metáfora del poder en el barroco, desde luego en los fascismos (en el tradicional y en el actual que es igual de eficaz pero más simpático), pero también en la puesta en escena de los movimientos pretendidamente rupturistas, así la marcha hippie, la sociedad del espectáculo de Guy Debord, o un mayo del 68 que hoy observamos con escozor y algo de resentimiento.




Volière


Uno ha creído pensar –mientras la disposición danzarina de las aves le remite a la viveza del baile de Maguy Marin– que corresponde, sobre todo a los artistas, sobreponer al lenguaje de símbolos de la jerarquía, el bosquejo de un mapa de salida.




Trentatres Gallery C/Denia, 64, Ruzafa (Valencia)




La puesta en escena del poder en el gran teatro del mundo acaba por implementar no sólo una jerarquía sino también la ortodoxia con la que aquél debe ser representado. De tanto en tanto, o al menos en dos ocasiones en la historia, al decir del filósofo griego Cornelius Castoriadis –la demokratía en la antigüedad griega y las revoluciones de la edad moderna–, surge la conciencia de la auto-creación política, el imaginario autopoyético. Se discute entonces la legitimidad heredada: la sanción divina de la autoridad, la herencia de la sangre, el canon dominante, el recurso a la tradición, esto es, las justificaciones heterónomas del poder y de la norma.

Todo comienza de cero.




Photo Exposición: Fernando Rincón



Mientras tanto (mientras no se desvelan, como en el cuento de Andersen, las desnudeces de los emperadores) las opciones de los administrados son aquellas que con su claridad expositiva habitual mostró el sociólogo alemán Albert O. Hirschman: salida, voz y lealtad.



Herzog y pájaros: dos términos de un vocabulario querido por Crécent



Sí, creo que corresponde definitivamente a los artistas, entre las que lleva tiempo descollando la pintora, poeta y escultora Hélène Crécent (Pau, Francia, 1966) una especial sensibilidad, quizás también una peculiar y a menudo, desconcertante, intuición tanto para detectar los motivos para levantar el vuelo (emprender la salida como muchos de los pájaros que justo ahora sobrevuelan la Trentatres Gallery) como para expresar con una voz personalísima las emociones, a menudo, contradictorias, que suscita la comprensión cabal del engaño que subyace a la farándula de la política-teatro-mundo.

¿Cómo se sale de aquí?



Público de la inauguración, a la der. Ximo Rochera director de Canibaal Revista de Arte y Literatura




Salida de Hélène: la conmovedora obstinación por deshacerse

Efectivamente, la artista francesa formada en Comunicación Visual y Audiovisual en la Ecole des Beaux Arts de Bordeaux ha sabido combinar la voz y la salida en su forma personal de relacionarse con el arte. Descartada la opción lealtad (quienes conocen a la autora de Componer en el tiempo conocen a un ser naturalmente contestario), a Crécent no le ha sido ajena la reivindicación feminista: una reivindicación cargada de razón pero con la que, parafraseando a André Gide, no siempre se han hilvanado buenas historias.



La artista francesa tiene su taller en Valencia, en pleno barrio de Ruzafa



Tampoco le es extraña a la responsable de exposiciones como Cuerpos múltiples, Corps mobiles o Hypercorps, la desarticulación del cuerpo, la atención prestada al material de deshecho, el cuestionamiento del papel del propio arte como instrumento de esa positividad que, de acuerdo con el filósofo más de moda en la actualidad –el surcoreano Byung-Chul Han– sobrecarga la experiencia del individuo contemporáneo.




El bloguero y la artista con Ximo Rochera, Marga del Campo, Pepa Castillo, Francisco Benedito y Xelo Candel


La heterogeneidad, la afinidad con la danza, bien visible en el dispar vuelo de las aves de la exposición que estamos contemplando, es una característica que no puede dejar de aparecer en la poética de arrebatos y emociones, las más de ellas encontradas, de Crécent.




Afinidades-Crécent: Corneille Astro, mujer y pájaro



Aparece con voz propia incluso cuando la cuestión de las aves ya ha ocupado el imaginario de tantos artistas entre la hibridez de las criaturas de Max Ernst, el surrealismo checo de Jan Švankmajer, la ligera disposición de los universos móviles de Alexander Calder, la besucona levitación de Marc Chagall.




Heterogeneidad, multiplicidad, conciencia de una necesidad: la de alborotarse constantemente ante la seriedad del señor que grita como palomas al pasar corriendo un crío. Diversidad y sin embargo, una nota basta, según lo veo, para disfrutar mejor la obra de esta francesa moderna y contestataria afincada en el Barrio de Ruzafa. Sí, caracteriza a Hélène Crécent una particular metafísica: la decidida voluntad, pero también el conmovedor sentimiento de tener que deshacerse.






Sí, aquellos de vosotros, visitantes de la exposición de la nueva galería Trentatres, que hayáis sentido próxima la inquietud por abandonar en algún momento de esta desconcertante existencia los sistemas heredados de creencias (también más adelante la creencia que motivó ese abandono), la casa familiar, la persona que nos ama, el azaroso apego a nuestra tierra, las camisas que heredamos y en general todo lo que no encaja en nuestra talla, habréis llegado a vislumbrar la culminación de una particular axiasis, dinámica, prístina forma de merecimiento o autopoiesis (por volver a la forma de hablar de Castoriadis): no hay epopeya más grandiosa que poder decir, al final, «ya me he deshecho a mí mismo».





Elena Battaglia Grunder, Hélène Crécent y Jesús García Cívico


Empezar de cero como invocación de lo ligero es un gesto valiente rayano en la locura. Pero la atracción por la demencia es propio de artistas que lograron, quizás sin proponérselo cuerdamente, avanzar desde el campo de su poética más específica a una tierra ignota pero más… elevada: de Cervantes a Artaud, del disparo inaugural de Chris Burden al gesto dañitesticular de Piotr Pavlenski.




Hélène Crécent y Fernando Rincón (fotógrafo)




En el caso de Crécent, al observar desde distintos ángulos la disposición de las aves, uno llega a olvidar el poso de infantil ambivalencia de Annette Messager, la afinidad de la autora con el mítico Grupo CoBrA (acrónimo de Copenhague, Bruselas, Ámsterdam) que a mitad de siglo XX reaccionó con primitivismo deliberado contra la rigidez de la abstracción geométrica.



Femme Oiseau (Mujer pájaro) Constant (Constant Nieuwenhuys) Ámsterdam, 1920 - Utrecht, 2005



la línea Christian Dotremont, Corneille, Constant o, sobre todo, Karel Appel y Asger Jorn tan presente en anteriores trabajos de la artista se disuelve en el margen de la pintura y lo que se observa ahora es una labor de auto-despojamiento.


 Crécent: eco en El Mundo (2012)




No sólo una desnudez –la del acabado técnico del dibujo liberado de sí mismo con automaticidad y rapidez– sino también todo un poema. Una poesía afín a ese arte más allá de los límites de la cultura oficial que Dubuffet denominó Art Brut o arte en bruto y que se podía recolectar, como la Fragaria vesca y otras frutas silvestres, en los márgenes de los bosques, en la periferia de sistemas ralos: los enfermos mentales, los niños pero también… los prisioneros.



Art Brut es también un local en París. Photo: Tamara Mesaría



¿Puede un artista dejar de lado su formación y viajar solo, sola en este caso, hacia ese impreciso momento de la infancia o de la disposición más alterada de nuestro ánimo que nos señala con dedos trémulos o antiquísimos el art brut o la más arcana (y herzogiana) cueva de los sueños olvidados?







El arte como comunicación: voz de Crécent

Más allá de la controversia sobre la naturaleza del arte que ocupó las mejores líneas de la conocida correspondencia entre Witold Grombowicz y Dubuffet (de nuevo Dubuffet) esto es, más allá de la metáforas del arte como vicio o del arte como alimento, defendidas por dos de los más geniales artistas del siglo XX, nunca está de más recordar que el arte –independientemente del tipo de hambre que satisfaga– es indisoluble de la noción más amplia de lenguaje.






En efecto, si se quiere llevar la interesante cuestión del por qué de la creación artística al –sólo en apariencia árido– ámbito de las necesidades básicas (uno siempre ha pensado que es incompleta la comprensión materialista del arte a partir del excedente económico), parece oportuno insistir en que el arte, siendo una forma de expresión, es también un acto de comunicación de las emociones, de los estados y de las disposiciones de ánimo. Por ello comenzamos esta reseña con la cuestión de la gramática.






Sí, aunque inteligente y valiosa, la aportación de la antropología cultural de tono materialista no logra aprehender del todo la complejidad de la producción artística, por volver al fabuloso director de cine alemán Werner Herzog, las cuevas donde durmieron nuestros ancestros están aún llenas de conjuros a la providencia y a la caza pero también de sueños olvidados. Esos sueños que sólo son capaces de expresarse en la inaprensible vaporosidad del arte. Tal es el calibre de la emoción de lo soñado.







En un tiempo en que las posibilidades técnicas, incluso las más sofisticadas, están al alcance de la mano de cualquier sujeto con un mínimo de temperamento artístico, en un tiempo donde todo se ha dicho de las más distintas formas, el arte, la creación artística vuelve su mirada, como el famoso abismo de Nietzsche, hacia el autor, en concreto hacia aquello que no he podido dejar de comunicarnos, por ser lo expuesto fruto de una vivencia propia, de una particular estancia, por así decirlo, en la parte más lóbrega de la cueva.



Annette Messager Le Repos des pensionnaires



El pájaro como tema: o «anoche soñé que conocía a Daphne du Murier»

Como recordaba el biólogo Gómez Cano, sólo en el Museo del Prado hay setecientas veintinueve pinturas que tienen representaciones de aves (la mayor parte de ellas en vuelos congelados) pertenecientes a treinta y seis especies. Los Brueghel en los Países Bajos y los Bassano en Italia fueron dos sagas familiares especializadas en las imágenes de la fauna alada. Entre los artistas de afición ornitológica, o quizás mejor ornitográfica (estamos defendiendo el interés de la gramática-pájara) destacaron, como resulta bien conocido, observadores de los cielos de la talla de El Bosco y de Rubens, las aves en concierto de Jan Fyt, las aves muertas de Goya, los pájaros de Fran Snyders, Paul y Martin de Vos. Pero la obra de Crécent no proviene de un repertorio de láminas de alados (recordemos que las aves de Crécent vienen, tantas de ellas, de una cueva de sueños olvidados) sino de un poema. A quienes les guste la poesía no le será desconocido el Arte de pájaros de Neruda. Poética suma de «pajarintos» o aves reales y «pajarantes»: aves ficticias sobre las que también aventuró Borges, fruto de la imaginación de los poetas.



«Anoche soñé que conocía a Daphne du Murier» (Poema) en Jesús García Cívico,  Registro (Valencia, 2017)



En efecto, uno no ha podido dejar de recordar mientras le viene a la cabeza el fragmento de Las lágrimas de Eros que Bataille dedicaba a la figura primitiva de una bestia con cabeza de ave y sexo en erección, que la representación artística de las aves, la «atracción-pájara» por así decir, es tan antigua como el sexo, que es tanto como decir, en el pensamiento de Bataille, tan antigua como la muerte. El ave, el híbrido del ave, es una constante en el surrealismo, así en las bien conocidas metamorfosis de Max Ernst pero también en una artista seguramente muy querida por Crécent: la contemporánea de Remedios Varo, Leonora Carrington.




Pájara haciendo pájaros por Remedios Varo



No hay en Hélène, como por cierto tampoco la había en la clásica, sexy, hitchcockniana adaptación de la hermosa y misteriosa Daphne du Murier, interés por el motivo ni voluntad de conocerlos bien a todos. No hay en Crécent intención de controlar sus emociones de tono antropológico, picos fálicos o de vulva, aves ornamentadas (queu de paon) interrogadas (Why), humoradas, volátiles acelerados, aberración de la volière (jaula de gran tamaño donde el pájaro vuela pero no escapa), fascinación, en fin, por la naturaleza indomesticable de los pájaros.





Por dentro todo está lleno de plumas

Acabamos. Observe, visitante de la exposición, las aves de Hélène Crécent, como una disposición de las horas del día aquel en que decidió volver a ser quien usted era. Es un gesto semejante a la tarea de recorrer en la oscuridad de la última noche de invierno –en nuestra particular cueva de sueños olvidados– el cuerpo de la persona que se desea. Ya no hay otra forma de poder reconocerla. Deténgase en el fondo oscuro desde donde han hecho su particular operación de salida, el rostro arrebatado, los frágiles pájaros, pregúntese por qué algunos, como antes muchos de nosotros, no teníamos propiamente ojos. La fuerza centrípeta de Crécent que parece haberlos mandado todos fuera en distintas direcciones.




Obra de Crécent: Lolita contre Afro-beat I - 42 x 42 cm




Si el cuerpo que narraba la historia en la serie Corps Multiples que se pudo ver hace un año en la MAG era el signo principal en una gramática de fragmentos de cuerpos, o la más sinuosa de las eses la grafía elemental de las Lolitas y los Collages Afro-beat, ahora la danza de vuelo, el torbellino de pelo recurrente y la expresión airada escriben un poema que correrá mejor suerte que aquel del Pale Fire de Nabokov que comenzaba –recordémoslo– con una  ave estrellada contra el cristal de una ventana. Uno no ha podido dejar de imaginar a la Crécent como aquella hacedora de aves de la pintura de Remedios Varo pero ya deshecha, liberada, infantil o sin apenas edad.


Por terminar con la metáfora del teatro político con la que comenzábamos: el poder está en todas partes; parafraseando a Foucault podemos decir que la mediocridad también, más no aquí, más no ahora en esta sala.




jueves, 28 de mayo de 2015

La Voliére: un texto para Hélène Crécent





La Volière de Hélène Crécent
por Jesús García Cívico



Trentatres Gallery
C / Dénia, 62. Valencia
Inauguración: viernes 22 de mayo, a las 20.00h


La volière es el término que designa en francés esas enormes jaulas en las que los pájaros vuelan pero no escapan. Es también el nombre de la exposición en la Trentatres Gallery de la artista francesa Hélène Crécent (Pau,1966).


Fascinación por los pájaros, animal nada domesticable. Solo en el Museo del Prado, el biólogo Gómez Cano contabilizó en su día 729 pinturas con representaciones de aves de 36 especies: de la saga Brueghel al concierto de Jan Fyt.

Más allá de los muros académicos, en las cuevas de sueños olvidados donde nos introdujo el cineasta alemán Werner Herzog, nuestros antepasados ya consideraron importante detener la frágil estructura de las aves en la superficie con memoria de la roca.

La exposición en Trentatres, una de las galerías de arte de referencia más frescas de Valencia, está más cerca de la fascinación primigenia –entre el art brut (expresión acuñada por Dubuffet para referir el arte más allá de la puerta de salida del sistema: trazos de dementes, niños y reclusos) y el pigmento natural de la caverna– que de los híbridos de Max Ernst.

Mirada virginal o primigenia y, sin embargo, la obra de esta pintora, poeta y escultora con aspecto de bailarina de danza clásica está penetrada, versada, por decirlo quizás de forma políticamente correcta, de formación, desde la Ecole des Beaux Arts de Bordeaux a las influencias de la también francesa Annette Messager (Le repos de pensionnaires) o de los mejores representantes del grupo CoBrA (Karel AppelAsger Jorn).

No hay en esta volière de pájaros arrebatados –como no había en la adaptación hitchcockniana de Daphne du Murier– interés por el último motivo ni voluntad de conocerlos bien a todos. Que lo haga el espectador. Una única nota basta para caracterizar una de las exposiciones más interesantes de esta primavera: Crécent ha emprendido el regreso, un jalón, en la delirante tarea de deshacerse.

Despojada, con la técnica más rudimentaria, la mirada ahora interrogada, ahora decidida de las aves cuestiona la verja de hierro pero también de auto-concesiones de nuestra propia volière: la danzarina disposición de los pájaros dibuja el bosquejo de un mapa de salida.



Obra de Hélène Crécent. Cortesía de Trentatres Gallery.

Obra de Hélène Crécent. Cortesía de Trentatres Gallery


Jesús García Cívico*
*Por cortesía de TrentaTres Gallery

lunes, 9 de febrero de 2015

Últimas noticias de la justicia (Final de la trilogía sobre las imágenes de la justicia en El Hype)




"Snowpiercer" (Bong Joon-ho, 2013): alegoría de la humanidad, metáfora de la lucha de clases y la Swinton con un zapato en la cabeza.

Últimas noticias de la justicia
Fin de la trilogía: últimas imágenes y alguna conclusión. Los imaginarios son inaprensibles, la justicia una rareza y la tierra un esferoide oblato achatado por los polos, con un abultamiento alrededor del ecuador y una ligera inclinación hacia el mal gusto, la crueldad y el pensamiento reaccionario.


11. El cine pide justicia
Quisimos quitarle ranciendad, que no rigor, al derecho. Recordamos que la ingeniería o la medicina son saberes igual de serios pero no por ello se adornan de telas e ínfulas medievales. Quisimos, por así decirlo, acercar el derecho al lego y lector de el HYPE. Acudimos a las imágenes. La cinematográfica no es mala cultura para decir algo del derecho. De hecho, ¡hoy el cine pide justicia!

Hay mucho más.


El cine pide justicia pero la justicia es un cosa y el valor estético de una obra, otra.

12. Un imaginario
Sí, hay mucho más. Para todos la idea del derecho (y de la justicia) comenzó, en  un momento inasible del pasado, con una imagen (la de un juez, la de un policía, la de un jurado en un telefilm). El campo es enorme: iconos, símbolos, fotografías, films y representaciones figurativas –pictóricas y escultóricas- tanto del universo normativo considerado metafórica, simbólica y abstractamente (justicia, orden, poder, verdad, etc.) como de las concretas revoluciones políticas y luchas específicas por el derecho.

Sobre la fotografía de Susan Sontag es un referente en muchas de las cuestiones estéticas anteriores

13. Mujeres, hombres y viceversa: La diosa egipcia Maat como la griega Temis son ejemplos de cómo la justicia ha sido comprendida como mujer. La injusticia, ¡ah, sabias imágenes las de Giotto!, queda estupendamente como hombre con barba, serio e impasible: los frescos de la Capella degli Scrovegmi de Padua recuerdan el ánimo suizo con el que se lucha hoy contra la corrupción.

"Los gobiernos que no hacen nada son a menudo los más injustos": Judith Sklar,  Los rostros de la injusticia


14. Libertad
En la actualidad toda definición de justicia incluye valores como los de igualdad y libertad, el escultor figurativo Zenos Frudakis ha querido aprehender un sentimiento en Freedom

Freedom por Frudakis

15. Derechos humanos
Las representaciones píctoricas, arquitectónicas y escultóricas de la justicia y los valores a ella asociados son numerosas, no hemos puesto, por conocida, la libertad de Delacroix, y por difícil la Jurisprudence de Gustav Klimt. Observemos la Cúpula de la Sala XX de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones de la ONU de Miquel Barceló.  


La "cúpula" de Barceló.

16. El cine es contrario a la pena de muerte
Otras veces, el cine ha puesto el acento en el relato. Nótese que cuando la justicia se incorpora en una narración interesante el delincuente se vuelve humano, es por ello, que la mayoría del «cine con derecho» se muestra contrario, por ejemplo, a la pena de muerte.

Aunque no lo parezca Bjork es humana y por tanto no se le debe matar: Dancer in the Dark, Trier, 2000

Hemos de acabar.
Dejemos para la reflexión del inteligente lector de EL HYPE, unos apuntes. 

17. Los monstruos no existen: la lección de Herzog (Werner)
El gusto por el castigo, la cárcel y la violencia parece más propio de fanáticos y medievales que de juristas-bien. A mí me gusta recordar en clase aquella célebre frase de ese gran director y ser humano alemán que es Werner Herzog: «el hombre hace cosas monstruosas sin ser él, propiamente, un monstruo». 


Para conocer mejor a los humanos el cine de Herzog entra en lo extraño, lo aislado y el abismo

18. El cine es ecológico
Que nuestro planeta se está convirtiendo en un estercolero recalentado es algo que el cine se he preocupado desde hace tiempo en denunciar.
Prophecy, 1979. Inquietudes ecológicas de Frankenheimer: la vimos en los ochenta en el Autocine Star

La fallida Interestelar (Nolan, 2014), ¡por qué los astronautas no se callan!, parte de la premisa del crecimiento insostenible o lleno de polvo.

Interestelar, Nolan, 2014

19. Es la desigualdad, estúpido o la alegoría del tren: Snowpiercer. 
El principal problema que en términos de justicia tiene nuestro planeta es la extrema desigualdad. El hecho de que unos pocos tengan más que millones de personas y que tantas de ellas tengan que ver a sus hijos morir de hambre es una aberración que el cine, disciplina sensible, ha recogido también. Entre los recientes estrenos ha sido la última película de ese magnífico director que es el surcoreano Bong Joon-Ho (autor de una obra maestra del cine negro: Salinui chueok (Memories of Murder) la que más explícitamente muestra  el insoportable contraste entre las existencias más frívolas y las más terribles.

La humanidad como un tren: Snowpiercer, (Bong Joon-Ho, 2013)

20 El derecho: argumentación e interpretación
El derecho es complejo pero sobre todo, más que en operaciones lógicas, mecánicas o formales, consiste en argumentar bien. ¿Argumentar verdades? No. Las verdades no se argumentan. Se argumenta en el mundo de lo convincente, lo razonable, lo plausible, a ser posible no olvidando que a menudo el derecho es la única arma que tiene el débil frente al poderoso. 

Newman como Galvin: el abogado descreído en busca de redención The Veredict(Lumet, 1982)

21. Reivindicación del pensar
Una sociedad que valore la literatura y el arte y que enseñe bien desde la escuela primaria los cuatro saberes que permiten comprendernos mejor (la sociología, la antropología, la historia y la filosofía) tendrá una sociedad más sabia y reflexiva y como exponente de ella un derecho más justo.